Autor: Jaime Laventman

 

El regalo más apreciado en la vida de Fernando, fue el día que su padre le regaló una bicicleta Windsor, rodada 28, de color azul. Tenía un faro delantero, para usarse por las noches por si fuera necesario. En la barra central, se encontraba la bomba de aire por si alguna de las llantas llegara a desinflarse, se usaría para llenarla de aire, y así llegar a la vulcanizadora y checar que no estuviera ponchada. El asiento, sin llegar a ser cómodo, no le molestaba, y detrás del mismo, una parrilla horizontal, que serviría para poder llevar a alguien más, cómodamente sentado. Por último, le colocó un par de diablillos en el rin de la llanta posterior, por si el pasajero extra, deseara acomodar sus zapatos en el mismo, o incluso, pararse mientras lo llevaban. Representaba para el, un vínculo de libertad que le permitiría, no solo transportarse con mayor celeridad, sino poder hacer algo de ejercicio; y lo más importante, conocer la ciudad, más allá de los límites de su propia colonia. Sin embargo, había sido advertido y con razón, de no pecar de ingenuo y mantenerse muy atento, ya que los autos, no solían respetar mucho a los ciclistas.

Poco a poco, fue adquiriendo confianza. Se arriesgaba los primeros días, a darle la vuelta al circuito que constituía a la avenida Amsterdam, tratando de respetar las leyes de tránsito, siempre orillado a la extrema derecha. Cuando le llegaba el aburrimiento, se internaba en el parque México, para dentro de el, sentirse mucho más confiado, al no tener que lidiar con los autos. Su sorpresa fue mayúscula, cuando se dio cuenta que los perros que solían ser paseados por sus amos, se le lanzaban sin medir las consecuencias teniendo, que aprender a esquivarlos sin llegar a atropellarlos. Y así, con el pantalón arremangado para que no se enredara con la cadena, disfrutaba ampliamente aquellos paseos.

La ciudad de México, contaba con pocos espacios de recreación. Deseaba, buscar otros horizontes donde poder pedalear sin tener que preocuparse demasiado por la posibilidad de ser arrollado. Intentó hacerlo en el parque España, pero se dio cuenta que no podía competir en espacios con el suyo. Poco a poco, iba extendiendo el rango por el cual se desplazaba. Solía llegar hasta la avenida sonora y enfilarse con rumbo a Reforma. El humo que despedían los camiones, llegaba verdaderamente a asfixiarlo. Trataba de encontrar otros caminos, menos transitados y de ser posible, sin los autobuses tan contaminantes.

En varias ocasiones, llegó hasta Polanco, que aprovechaba para visitar a sus amigos. No siempre los encontraba. Muchas veces, lo invitaban a pasar, y así, dejando la bicicleta estacionada y resguardada con un candado, se quedaba con ellos.

Los fines de semana, eran mucho más animados. Varios de sus amigos, que también poseían una bicicleta, se le unían, y así, en caravana, en fila india como decían, recorrían el parque y las calles adyacentes al mismo. En las épocas de lluvia, cuando el trayecto terroso se enlodaba, las bicicletas, otrora firmes en su movimiento, se volvían resbaladizas, y Fernando tenía que usar todos sus recursos, para evitar una caída.

Cuando regresaba a su casa, se tomaba un tiempo para con un viejo trapo limpiar con cuidado la bicicleta, evitando que esta se fuera corroyendo. Aceitaba la cadena y los rines con cierta frecuencia, evitando que llegaran a oxidarse. Su bicicleta, cómo decía orgullosamente, nunca chirriaba.

Una mañana en clase, la maestra les habló sobre el emperador Moctezuma. De su reinado, del penacho que se habían llevado de México, y de los baños que solía tomar a diario, en Chapultepec. Ya desde aquellos tiempos, esa zona de la ciudad, era refugio y solaz de muchos pobladores. Les contó, como le servían una bebida espumosa hecha de cacao molido, a la que conocemos en la actualidad como chocolate. Les contó la leyenda o no, de como a diario, le transportaban pescado fresco de la costa del golfo, para que pudiera satisfacer su apetito. Les habló, de la manera en que ese imperio fue finalmente sojuzgado y allanado por los conquistadores españoles, y de la propia muerte del emperador.

Fernando esperó que llegara el fin de semana con más ansia que en otras ocasiones. Se hizo a la idea, de llegar hasta el propio bosque en su bicicleta, para recorrerlo de norte a sur, de este a oeste.

El sábado por la mañana, tras un fugaz desayuno, tomó su bicicleta, la reviso cerciorándose de que no tuviera ninguna falla. Se montó en la misma, y enfiló hacia el bosque de Chapultepec, por calles desiertas, evitando así el tráfico matutino de la zona.

Entró al mismo, por la avenida principal, donde dos enormes leones, probablemente de bronce, la resguardaban. Se enfiló hacia el castillo, que conocía de lejos, pero al cual nunca había entrado. El tráfico era mayúsculo, ya que, desde tempranas horas, el público se dirigía al bosque, para pasar un día agradable, en los sitios de recreo que el mismo les proveía.

Rápidamente se dio cuenta, que el circuito principal, que probablemente rodeaba por completo al bosque, se encontraba atiborrado de autos. Decidió, que sería mejor tomar los caminos interinos, donde los autos no podían circular.

Fernando, acababa de descubrir un nuevo mundo, lleno de sorpresas inesperadas. El primer atajo que tomó, hizo que rodeara al castillo, dándose así cuenta, del enorme tamaño que el mismo tenía. Los muros que le sostenían, y la maleza que crecía, le impedía ver hacia arriba. Curioso, se acercó al camino para autos, que lo llevaría al propio castillo. Era una cuesta demasiado empinada, para intentar subirla montado en la bicicleta, por lo que optó por caminar, llevando la bicicleta a su lado. Esta calzada en un momento determinado debió haber permitido el paso de carrozas jaladas por briosos corceles. Era lo suficientemente ancha, para permitir que uno subiera, y otro descendiera sin problema.

Al llegar finalmente a la entrada del castillo, le informaron que debería dejar su bicicleta, para poder entrar y ver las instalaciones. Buscó un sitio apropiado, y la encadenó, confiando en que, al regresar, la encontraría de nuevo. Siempre que lo hacía, tenía un temor de que se la robaran, o la lastimaran.

Procedió a recorrer el inmenso castillo, como uno más de los visitantes que a diario llegaban. Miró con detenimiento, lo que han sido los aposentos del emperador Maximiliano y Carlota, su enajenada esposa. Le pareció que el amueblado dejaba mucho que desear. Algunos de los muebles eran una copia de los que la abuela tenía en su departamento. Subía y bajaba por las escalinatas, y se asombraba, sobre todo, de la vista que uno tenía desde las alturas del castillo. Nunca, había visto la avenida Reforma desde esa perspectiva y reconoció que era en verdad hermosa, como muchas veces la calificaban sus padres. Podía estirar su mano, y casi tocar al ángel que coronaba el monumento a la independencia.

La visita le fue más que agradable. Sin darse cuenta, había pasado cerca de hora y media desde que entrara, y salió apresurado, en busca de su bicicleta. A pesar de sus temores, la encontró tal y como la había dejado, sin daño alguno. Retiró el candado, y esta vez, tomó la bajada por la calzada con cuidado, montado sobre la bicicleta.

Poco a poco, fue recorriendo las veredas. No llevaba prisa, y se cuidaba mucho de no atropellar a los transeúntes que las recorrían.

Al poco rato de haber iniciado su recorrido, llegó a la calzada principal una vez más. Miró con asombro el hermoso lago que se extendía a su vista. Debajo de la calzada, notó los túneles que permitían el paso de las canoas, que la gente alquilaba. Las aguas del mismo, se notaban turbias, y con desagrado notó mucha basura, que flotaba libremente por el mismo. De haber podido hubiera alquilado una de esas canoas, desplazándose por el lago sin prisa alguna. Sin embargo, tuvo que conformarse con verlo y hacer planes para en un futuro, acompañado de sus amigos, regresar al lago.

Tomó uno de los atajos, que corría paralelo al lago, y pedaleando sin gran esfuerzo, llegó, sin haberlo intentado, al zoológico. Si bien, lo había visitado anteriormente, la sensación de hacerlo ahora, solo, y desmontado de su bicicleta, le permitiría escoger lo que deseaba ver. Este tipo de parques, nunca le habían agradado. Le molestaba mucho ver enjaulados a la mayor parte de las grandes fieras. Las habían privado de su libertad y si bien, les proporcionaban alimento, realmente eran prisioneros en un ambiente totalmente ajeno a los mismos. Las alambradas, los separaban adecuadamente del público. Se les veía indefensos, aunque Fernando que conocía lo que es el instinto, no pretendía acercarse más de lo establecido y correr algún innecesario peligro.

Lo que más gustaba, era observar a los osos polares. No comprendía, como el clima de la ciudad, podía igualar su hábitat en las regiones más septentrionales del planeta. Consideraba injusto, tenerlos ahí, sufriendo del calor y la resequedad de la capital.

Había leído en algún libro, que no recordaba ahora, una historia en que el hombre al visitar algún supuesto planeta cercano, habitado por otros seres, había sido capturado y exhibido en un zoológico, y lo que esto significó para los capturados. Así, se han de sentir los pobres animales. Fernando, en su afán de ser justo, adjudicó una avanzada inteligencia a los animales. Para el, estos, poseían verdaderos sentimientos, que no eran nunca respetados.

Cerca de las dos de la tarde, y tras haber pasado toda una mañana en Chapultepec, decidió era tiempo de regresar. En un año más, en 1961, entraría de pleno a la Universidad y sospechaba, tendría que deshacerse de su bicicleta.

Decidió dar una vuela más al bosque, buscando la salida más apropiada para llegar a su hogar. Miraba los ahuehuetes, y otros árboles que le daban un respiro a la ciudad. Sabía, que en algún sitio, estaba el baño donde Moctezuma se aseaba, pero no logró dar con el mismo.

Fernando regresaría a Chapultepec muchas veces más, siempre acompañado de su bicicleta, y ahora, tratando de hacerlo con uno o varios de sus amigos.

Notó, como la gente descuidaba al bosque. Tiraban basura, afeando los prados donde pasaban tantas agradables horas. El pasto lucía un color amarillento, una vez que las lluvias habían cesado. Habría que esperar al verano para que el césped luciera con sus brillantes colores.

La siguiente vista que hiciera al bosque, años después, fue en automóvil. El encanto original desapareció. Extrañó la bicicleta, y a sus amigos.

Estacionó el auto, y tomando de la mano a su novia, se encaminaron hacia el lago. Finalmente pudo alquilar una canoa y desplazarse por el mismo, en muy buena compañía.

Y de esa manera, volvió a experimentar aquel Chapultepec, de sus años mozos.

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Después de un periodo de tres años debido a la pandemia del covid 19 se reanuda la Marcha de la vida.

 

                      

EDITORIAL DEL 15 DE MAYO

 

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