Autor: Jaime Laventman

 

El mes de noviembre, siempre ha sido de una sensación de frío penetrante, tanto en la ciudad de México, como por sus alrededores. No era diferente ese año de 1957. Las cimas de los volcanes, lucían coronadas en esos días, con la Nieve brillando frente a los rayos del sol. Es la época del año, cuando en México, se usan las indumentarias propias del invierno; las chamarras con sus cuellos de piel; los guantes de cuero, las bufandas y en ocasiones, los abrigos, probablemente heredados de algún abuelo, qué en un viaje al viejo continente, se hubiera comprado uno y lo dejara como parte de su herencia. Los tamales y el consabido atole, este último bien caliente, son el mejor remedio para el frío nocturno. Los comercios de la ciudad, comienzan a cambiar sus aparadores, y la mercancía que se exhibe, tiene que ver con la ya próxima navidad. Algunos de ellos, muestran máscaras mortuorias que le recuerdan al paisano, que el festejo a los muertos no está muy lejos, y que pronto habrá de llenar de ofrendas las tumbas de sus seres más queridos. Las panaderías, no parecen darse abasto, con el requerido pan de muerto, que comienza a venderse días antes, para beneplácito de los consumidores.

Jerónimo y sus amigos, se relamían en casa del primero, con el pan de muerto recién horneado y una exquisita taza de chocolate. Era sábado por la mañana y comenzaron a planear, que podrían hacer por la noche, ese dos de noviembre. Buscaron en el periódico, alguna película u obra de teatro que los emocionara. Mas no dieron con ninguna. Surgieron muchas ideas, pero ninguna fructificó.

Fue Concepción, la hermana de Jerónimo, y que solo tenía dos años menos que él, quien sugirió de manera tímida, que podrían ir a festejar el Día de Muertos, en alguno de los panteones de la ciudad. Ella – obviamente – esperaba ser invitada con algunas amigas. Todos al escucharlo, sonrieron, casi desechando la idea. Pero a Jerónimo, le pareció que se les presentaba la oportunidad de hacer algo diferente ese dos de noviembre.

Comenzaron a discutir entre ellos. Finalmente, Jerónimo y su mejor amigo, decidieron que la idea no solo no era descabellada, sino brillante. Los demás, mostraron su desagrado, y tras comerse su trozo de pan, se despidieron. Jerónimo y su amigo, efectivamente le pidieron a Concepción y a su mejor amiga, que se animaran y que fueran con ellos más noche a alguno de los panteones de la ciudad, a ser partícipes activos.

El amigo, se quedó un momento pensativo, y excusándose fue a llamar por teléfono a su padre. Los demás, no entendían el por qué, pero esperaron a que regresara.

– Ya lo tengo – dijo con orgullo. Hablé con mi padre, y me dijo que nos dejáramos de buscar un panteón a lo loco. Que deberíamos ir a Mixquic, un panteón cercano a la ciudad, famoso a nivel mundial precisamente porque cada 2 de noviembre, llenan el panteón con alimentos y ofrendas a sus muertos, y lo iluminan de un extremo al otro con veladoras. Un espectáculo – dijo – que no deberíamos de perdernos. Y, es más – concluyó – me ha dicho que camino deberíamos de tomar. Además, me advirtió sobre dos cosas: Ir extremadamente bien abrigados, ya que el frío a campo traviesa puede ser feroz. Y la segunda, es emprender el viaje temprano, ya que al lugar llegarán muchos turistas quienes abarrotarán el panteón, tras lo cual, nadie más podrá entrar.

Los amigos lo escucharon con atención. La idea les pareció maravillosa. Jerónimo era dueño de un Chevrolet del 55, que los llevaría cómodamente. Sabían, qué en el panteón, encontrarían puestos de alimentos típicos, así que desistieron de llevarlos ellos. Entre todos juntaron 150 pesos, sabiendo de antemano que sería más que suficiente para lo que tenían planeado.

– Cooperaremos con la Gasolina – dijo el amigo. Yo pongo los primeros 20 del águila. Las muchachas se miraron entre si, y decidieron cada una, aportar 10 pesos. Con eso, llevarían el tanque lleno, y no se expondrían a quedar varados.

Jerónimo sacó la ropa de invierno que iba a compartir con su amigo. Concepción hizo lo mismo. La amiga pidió permiso a sus padres, y le fue otorgado. Jerónimo también lo hizo y tras escuchar paciente a su padre, accedió a no manejar rápido e ir alerta todo el tiempo.

– Nada de beber alcohol – le advirtió.

Siempre habían escuchado, o deducido que la festividad del día de los muertos, se estaba convirtiendo en una más de las actividades mercantiles, en que el pueblo se gastaba su dinero, lo tuviera o no. Les costaba trabajo aceptar la idea, de que el culto a los seres queridos ya departido, es una festividad religiosa, que se remonta a épocas de la preconquista, y en donde las religiones autóctonas de los pueblos, se expresaban libremente, sin amarres o por influencias venidas allende el mar.

En aquel entonces, ya se planeaban muchas actividades en los panteones; música, exposiciones, diversos tipos de alimentos y la esperada exhibición de las ofrendas. Sin dejar atrás el verdadero sentimiento y fervor por aquellos seres queridos, los pobladores lloraban y festejaban a la vez con risas y alegría, la vida, dicen aquellos qué por ahora, habitaban en otras esferas no terrenales. Era una forma al recordarlos, de mantenerlos vivos.
El trayecto les tomó cerca de dos horas y media. Para comenzar, la salida a la carretera estaba muy congestionada, siendo fin de semana festivo. procuraron llenar el tanque, revisar el agua y los neumáticos – a 28 de presión parejo – bien llenitos de aire. Cómodamente sentados, las dos jóvenes en el asiento trasero, y Jerónimo y su amigo en el delantero. Escuchaban la radio a muy bajo volumen, e iban platicando de diversos temas. La vista de los volcanes en todo su apogeo, la sintieron más cerca que nunca y se maravillaron ante su altura e inmensidad. Los prados que estaban a los lados de la carretera, se veían desolados, sin nada que cosechar en esa época del año.

Finalmente, llegaron al panteón de Mixquic. Tuvieron que aparcar el auto, a una considerable distancia de la entrada, dado que, por delante de ellos, ya había una caravana de autos estacionados. Al salir a la intemperie, notaron el frío y agradecieron las precauciones de venir lo suficientemente arropados, para pasarla agradablemente. Cada uno escoltó a una de las muchachas y en dos filas se acercaron a la entrada.

Comenzaba a anochecer. El sol ya se había ocultado por el poniente, y el cielo en esa zona parecía estar en llamas. Inmediatamente inhalaron el aroma a fritangas que provenía de la entrada del panteón. Muchas mujeres custodiaban sus enormes canastas, ofreciendo la mercancía a aquel que estuviera hambriento. Garnachas, tacos, flautas, quesadillas y sopes, churros y chocolate caliente, tamales de todos sabores y atole del que desearan. Chicharrones y muchos otros, que despedían aromas colmaban su olfato.

– Más tarde – sugirió Concepción – deberíamos comprar algo. Todos estuvieron de acuerdo. Había lugares donde se vendían jugos, licuados, paletas y helados, cervezas, refrescos y agua natural.

Caminaron con precaución, ya que el panteón estaba lleno. Las tumbas, bien ordenadas, exhibían ante todo los epitafios y las cruces de diversas manufacturas.

Se acercaron a una, que en especial llamó su atención. Varias veladoras la alumbraban. Dos señoras de edad, estaban sentadas en el suelo, y la tumba estaba llena de viandas de todo tipo, que sin embargo ni ellas ni sus hijos o nietos tocaban. Son – dijo la que parecía más anciana – para nuestros muertitos. Les hemos traído, sus comidas favoritas y sabemos que lo van a apreciar mucho. Además, les hemos dejado sal para los alimentos, y – dijo – habrán notado los arreglos con la flor de Cempasúchitl.
Los amigos notaron, que en el mismo había frutas y hojaldres. En la tumba cercana, notaron pequeñas estatuillas de escuincles, que los han de guiar por el inframundo. Flores blancas en las tumbas de los niños y amarillas en la de los adultos. Y todo ello, notaron inmediatamente, alumbrado por las múltiples veladoras, que hacían que el panteón a esas horas del atardecer, pareciera que era de día. Más tarde, notaron cómo la gente llegaba a las tumbas bien decoradas con flores, a encender cirios. Era una forma para que los muertos, que dejaron algún buen recuerdo, se guiaran en la oscuridad.

Les dijeron, que deberían al menos ver en el centro del mismo, el Templo de San Andrés, con su hermoso retablo. Trataron de acercarse, y al menos lograron vislumbrar a una buena distancia, de lo que les hablaban.

Jerónimo, llamó la atención a sus amigos. – Esto no me parece nada comercial. Nadie ha pedido dinero y se siente una mezcla de dolor y alegría, en los deudos que visitan estas tumbas. Nunca me había sentido así, dentro de un panteón – terminó diciendo.

Supieron, qué al día siguiente, los feligreses intercambiarían alimentos y se irían contentos a casa, tras haber cumplido con sus muertos. Después de todo – pensaron- algún día podríamos nosotros ocupar alguna de esas tumbas.

Comieron opíparamente. Cada uno gastó unos cuantos pesos y llenaron sus estómagos, con las viandas que más le apeteció. Tomaron agua de tamarindo, en pequeña cantidad – para evitar una vejiga incómoda en el regreso – y satisfechos, tras haberse tomado varias fotografías, emprendieron el camino de regreso a casa.

Ninguno tenía sueño. Iban excitados ante lo visto. Un respeto nuevo, desconocido, se apoderó de sus almas y supieron que la verdadera fe, se puede experimentar de diversas maneras. Supieron qué a partir de ese momento, serían mucho más respetuosos de aquellos que de manera diferente, hacían a la larga lo mismo que ellos.

Jerónimo – caballerosamente – llevó a su amigo y a la compañera de Concepción a sus casas. Concepción se pasó al asiento delantero y sin decir nada, se acercó a su hermano y le dio un abrazo y un beso en la mejilla.

– Gracias por invitarme – le dijo. Nunca olvidaré este día.

Jerónimo desaceleró un poco. En la radio tocaban una pieza sacra y ambos la escucharon con detenimiento. Aparcaron el auto, y tomados de la mano, se sonrieron. La magia de Mixquic, nunca habría ya de abandonarlos.

 

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

El ex Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu obtuvo una rotunda victoria en los comicios electorales, con una holgada mayoría para formar un Ejecutivo, y recuperar el poder tras más de un año en la oposición.

 

EDITORIAL DEL 15 DE NOVIEMBRE

 

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