Autor: Jaime Laventman

 

Filomeno, era un viudo, quien sobrevivía gracias a la pensión que sus hijos le habían dejado en forma de un fideicomiso. Todos alababan la acción llevada a cabo por ellos, como un ejemplo de lo que se debe de hacer para proveer a los ancianos de una vida decente en sus últimos años. Pero, Filomeno, quien jamás abría la boca para hacer comentario alguno, se consumía con una amargura muy especial. Ninguno de los hijos o de los nietos, lo visitaban en su pequeño departamento en el centro de la ciudad. Habían pasado 4 años, desde que el hijo mayor le pagara una visita, cierto día del mes de diciembre, en que – por cierto – había ido a esa zona, buscando los regalos de Navidad para sus propios hijos. Le habían informado, que tenía tres nuevos nietos, dos de ellos mujercitas. Jamás lo invitaban a comer, o a celebrar la Navidad, o algún cumpleaños de la familia.
Se contentaban con haberle dado la pensión, y sus almas reposaban en paz, habiendo cumplido con el precepto bíblico. Pero, el hecho es que estaban por completo alejados. Ocasionalmente, hablaban por teléfono con él. Cuando esto acontecía, la alegría que invadía al hombre, le duraba semanas enteras. Deseaba ardientemente que se repitiera, lo cual raras veces ocurría.
Sentado la mayor parte del día, veía las viejas películas del cine mexicano, que se transmitían en la televisión en blanco y negro.
Trataba de salir un poco, hacer algo de ejercicio. Sus comidas eran poco abundantes, y él mismo se encargaba de preparárselas. Jacinta, su vecina, le acompañaba al mercado y lo ayudaba con las compras. Ocasionalmente, ella y su esposo, lo invitaban a su casa, donde por regla general platicaban hasta altas horas de la noche, sobre temas frugales, de todo tipo.
Por las tardes, solía escuchar la radio. Buscaba aquellas estaciones, cuya música era de su agrado. Leía poco, pero había almacenado una pequeña biblioteca particular, y gozaba releyendo algunos de esos tomos.
Una tarde en que las noticias hablaban sobre el incremento en los secuestros en la ciudad, Filomeno se acurrucó en su salón favorito y dejó que las remembranzas de un pasado no muy lejano llegaran a él.
Había nacido a principios del siglo XX, para ser precisos, tres años antes de que el General Porfirio Díaz, se fuera al exilio, y comenzara la llamada Revolución Mexicana, con su eventual historial, que enlutó al país por varias décadas. Vivía en una vecindad en la calle de Moneda, no muy lejos de Palacio Nacional y de su hermoso zócalo, por entonces, un verdadero jardín, visitado por muchas familias.
Su padre, había participado en la lucha, pero a favor del gobierno. Militar distinguido, defendió lo que se le obligó a hacer.
Eventualmente fue capturado y tras un somero juicio, se le declaró culpable y fue pasado por las armas. Al enterarse del asesinato, como lo describía, de su esposo, la madre se dedicó en cuerpo y alma a sostener a sus dos hijos, siendo Filomeno el más pequeño. Este, recordaba poco de aquellos años. Veía a su madre salir de madrugada de la casa, y retornar ya pasadas las 8 de la noche. Cansada, traía consigo el mínimo sueldo que se le pagaba por lavar ropa en casas ajenas. La comida que le regalaban, la guardaba y la distribuía con sus hijos, logrando de esta manera sobrevivir.
Luego vino la tragedia. El hermano mayor, que ya contaba con 11 años de edad, decidió una mañana ir a recoger a su madre, a la colonia Buenos Aires donde esta trabajaba. Iba con la intención de acompañarla de regreso a la casa y ayudarla con la pesada carga que esta siempre traía del trabajo. Al llegar a la contra esquina, notó, cómo de un auto bajaron varios individuos armados. Un niño que acababa de salir de una casa, fue interceptado por ellos y sometido rápidamente, introduciéndolo al auto. Ante la sorpresa de lo visto, el hermano asomó su cuerpo, con la intención de detener a los supuestos secuestradores. El último, antes de abordar el auto y huir, notó al hermano y a sangre fría, le disparó en dos ocasiones, hiriéndolo en una pierna. Tras esto, el auto desapareció.
Los vecinos que escucharon las detonaciones, salieron a la calle y vieron al niño que se desangraba por el balazo. Alguien le colocó un torniquete y esperaron a que la policía que había sido alertada, llegara. El niño les explicó, que su madre trabajaba como lavandera en una de las casas, y tras darles la dirección, fueron por ella. En menos de cinco minutos, la madre llegó, y al ver a su hijo herido, comenzó a gritar, solicitando ayuda. El torniquete, le salvaría la vida al hermano, quien finalmente fue trasladado por una ambulancia al Hospital de Jesús, donde extirparon la bala y le curaron la herida. Pasaron varios días, en que, por fortuna, no se presentaron complicaciones y eventualmente fue dado de alta y regresó a su hogar.
Filomeno, había sido alertado por los vecinos de la situación, y ellos se encargaron de que nada le faltara. Al regreso de ambos, el hermano les contó con lujo de detalles lo que había visto en persona.
Poco después, la madre se enteró por los periódicos, que aquel niño que fuera secuestrado, fue encontrado sin vida en un paraje de la carretera que llevaba a Pachuca. Los secuestradores habían exigido un rescate, y entregaron un cadáver.
Filomeno veía a su hermano como un héroe. Día con día, le suplicaba que le contara una vez más lo vivido. Terminaban, con Filomeno tocando la herida ya cicatrizada y mirando a su hermano, asegurándose de que no tuviera ningún dolor.
Por alguna razón, el recuerdo que afloró en su mente, lo volvió nostálgico. El hermano, había fallecido pocos años después de ese evento, por una hepatitis fulminante. Su madre, sostuvo de por vida, que la causa de la misma, había sido el proyectil en la pierna, y no hubo poder en el mundo, que la disuadiera de semejante hipótesis.
Filomeno cargó toda su vida con la pena de haber sido huérfano de padre y de hermano. Así lo consideraba él. Trabajó desde pequeño, para ayudar en el sustento de su madre y de él mismo. Finalmente, encontró un trabajo en una carpintería, donde Don Mariano, se encargó de enseñarle el oficio, y a la larga, convertirlo en su socio.
Aquellos años, ya habían quedado en el olvido. Filomeno, sostuvo a su propia familia con este trabajo, del cual, ninguno de sus hijos se sintió orgulloso, y rechazaron desde un principio, así como la idea de ayudar en el mismo. Cuando la esposa de Filomeno murió por una diabetes mal cuidada, Filomeno vendió la carpintería, de la cual era socio a la mitad, y con ese dinero, proveyó a sus hijos por varios años, viendo como se casaban, y ayudando a cada uno con algo de capital, para que se hicieran de su propia casa.
Hoy, día de recuerdos, se remontó a los años 20’s y 30’s, cuando el más sonado de los secuestros de niños, tuvo lugar en los Estados Unidos. El niño en cuestión, era el hijo de Charles Lindbergh y su señora, y la idea de los secuestradores, era pedir un rescate abundante, sin desear matar al pequeñín. Mas las cosas se planean de una manera y resultan de otra. Al bajar la escalera de casa de los Lindbergh, el niño aparentemente se golpeó y murió. Esto, no impidió que los delincuentes exigieran un rescate. Cuando este desagradable capítulo terminó, con la muerte del niño, y la soledad y angustia de sus padres, el gobierno decidió, que, a partir de ese momento, todo secuestro llevado a cabo en ese país, tendría una sola sentencia para los acusados. La pena de muerte. Y con ello, dieron pauta, para que los futuros secuestradores, lo pensaran más de una vez.
El otro caso, recordó Filomeno, ocurrió – entre muchos – en la ciudad de México en el año 45. El hijo de un acaudalado comerciante fue secuestrado. Tras un año de ocurrido, la policía que se esmeró en hallarlo, logró rescatarlo con vida. Pero, de todos los demás secuestros, de ese y otros años, donde no había la posibilidad económica de ayudar, nada se supo. Niños – se decía – secuestrados por gitanos para ser llevados a otros países y ser adoptados. Se habló de que los vendían como esclavos; que usaban sus órganos y un sin fin de elucubraciones. El hecho es, que en México las penas contra este tipo de acciones, eran bastante leves y, por ende, nunca parecía, que iban los delincuentes a desistir de cometer ese tipo de atracos.
Se vivían días infames en la gran ciudad. Secuestros de todo tipo, tanto a jóvenes como ancianos; con o sin posibilidades económicas.
Se había convertido el secuestro, en un próspero negocio. La maldad exhibida por los secuestradores, comenzó a irritar a la población.
Cortaban dedos; violaban a sus víctimas; recogían el dinero que se les pagaba por los familiares, y entregaban cadáveres. Mostraban una saña y malicia, que desconcertaba. Secuestraban en cualquier momento, sin respetar la vida de los acompañantes que osaban intervenir. Había un odio irracional en sus acciones, y el secuestro como tal, pasó simplemente a ser un asesinato por dinero o sin el.
Filomeno, quien siempre desconfió de los cuerpos policíacos, ahora se enfadaba con el conocimiento de que no solo ya no eran eficientes, sino estaban coludidos con los propios criminales.
La idea de llamar a la policía y solicitar su ayuda, resultaba un arma de dos filos. Se formaron grupos de rescate en varias zonas de la ciudad, con el fin de ser ellos, los encargados de los movimientos que se deberían llevar a cabo entre secuestradores y familiares de los plagiados. Aún así, este negocio seguiría prosperando.
Con enorme tristeza, Filomeno recordaba a su hermano, testigo de uno de esos crímenes. No sólo no habían disminuido, sino que se incrementaron de manera alarmante.
Comenzaron a su vez, los asesinatos entre bandas de secuestradores, y posteriormente de narcotraficantes, un nuevo y próspero negocio en la República Mexicana.
Instintivamente, Filomeno miró la puerta de su departamento.
Las tres grandes cerraduras permanecían vigentes aislándolo del mundo, evitando ser víctima de algún loco en esta ciudad.
De repente, como un rayo, sonó el teléfono. Filomeno corrió a contestarlo, con la esperanza de tener alguna noticia de su familia.
– Bueno – dijo. Bueno, repitió un par de veces.
– Número equivocado – dijo alguien. Y colgó

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Estamos dejando atrás los muy exitosos Juegos Macabeos número XXI.

                 

EDITORIAL DEL 15 DE AGOSTO

 

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