Autor: Jaime Laventman

 

En un viejo vagón, situado cerca de la hermosa ciudad de Paris, en el año 1918, para ser exactos, el 11, del 11º mes o sea noviembre, y a las 11 de la mañana, se reunieron los contendientes de la más sangrienta guerra, en los anales de la historia. Llamada en un principio la “gran guerra “, duraría poco más de 4 años, de un sanguinario enfrentamiento, entre algunas de las potencias europeas, separadas en dos bandos. Los derrotados, básica mente el Imperio Austrohúngaro, Alemania y el Imperio Turco. Dentro de los victoriosos, Francia, Gran Bretaña e Italia. Rusia, que combatió hasta un año antes contra sus vecinos los austrohúngaros, se salió de la contienda, tras la caída de los Romanov, y la llegada al poder de Lenin. Se escogió esa simbólica fecha, del número 11, repetido en tres ocasiones, para que el mundo no olvidara, y una conflagración como esta, no se repitiese, mientras el hombre domine al planeta. Una lección, que como sabemos, no sería llevada a cabo, y escasos 21 años después, una nueva guerra hará su aparición.

En el año de 1914, Europa en especial, vivía una paz tan falsa como algunas joyas, y negaba los brotes anarquistas que surgían por todos lados. En uno de tantos, un ciudadano serbio, asesina al heredero de la corona austrohúngara y a su esposa. Y así, con la muerte del archiduque Francisco Fernando, la ambición de algunos de los dirigentes, se escuda en ello, y tras algunas alianzas muy convenientes para cada uno, se lanzan a una guerra, a decir de muchos, duraría solamente unos meses, y que como hemos visto, tardó más de 4 años en finiquitarse.

Tras algunos meses de absoluta incertidumbre, ambos bandos habrán de estacionarse en los campos europeos, dentro de incontables trincheras, y así permanecerán por más de tres años, con avances insignificantes de un lado o del otro. La lucha se tornó, en una verdadera carnicería, cuando los comandantes de cada bando lanzaban a sus tropas, tratando de ganar algunos metros de terreno, y convirtiendo la escena, en una cacería sin misericordia, y reconociendo, que tales tácticas, no llevaban a ninguna real conclusión. La juventud europea, el futuro de cada nación, murió en esos campos de batalla, ante la mirada sin empatía de quienes ordenaban sin misericordia, que se lanzaran a su propia muerte.

Las infructuosas batallas, no dieron fin a la guerra, pero si terminaron con matanzas incomprensibles en la actualidad, como parte de una guerra, qué desde sus inicios, no mostró una definida finalidad. Aquellos, que milagrosamente sobrevivían a las balas enemigas, eran presa de enfermedades endémicas en sus trincheras, como el tifo. Y quienes resultaban heridos en la batalla y eran atendidos en los hospitales de campaña, sin el advenimiento de los antibióticos, morían presa de los más espantosos sufrimientos. El hombre, reconoció la futilidad de semejante guerra, pero su supuesto patriotismo, los lanzó a su anunciada muerte, sin compasión, y peor aún, sin una razón de fuerza que justificara semejantes decisiones.

La guerra se extendió por primera vez, a los cielos europeos, donde las máquinas voladoras, recién inventadas, eran ahora usadas para asesinar desde al aire, ya fuera con sus ametralladoras perfectamente sincronizadas, o lanzando rudimentarias bombas, que más bien diezmaban a la población civil. Sin un ápice de moralidad, los ejércitos, recurrieron al uso de armas prohibidas por la ética, más no por la ambición del hombre. Gases venenosos, que ahogaron a los soldados en sus propias secreciones, inundaron las trincheras con hedor a muerte. La absoluta falta de decoro, de una pizca de humanidad, desapareció en este enfrentamiento. Escenas de horror se dejaron ver, y la caballerosidad, y el respeto a la población civil, desaparecieron para siempre.

Finalmente, desaparecieron varios de los imperios que iniciaron la guerra. El Austrohúngaro, para siempre, con la lógica división de los países que la conformaban. Alemania, perderá la guerra y eventualmente, su emperador desaparecerá para no volver. El gran imperio turco, perderá su fuerza y su presencia en el mundo de las naciones, cediendo enormes territorios, conquistados a través de siglos de guerras cruentas, y al ser disuelto dará lugar a nuevos países, forjados en su mayoría, de manera irresponsable, y que ahora en pleno siglo XXI, vivimos las consecuencias de lo mismo. Una medida arbitraria, ilógica, que plantó en esa zona, la manzana de la discordia. Dividió hermandades y estimuló el odio entre sus pobladores. Y por último, el gran imperio ruso, de siglos de existencia, vería desaparecer para siempre al último zar, y nacerá con el advenimiento del comunismo, un nuevo país, de enormes proporciones, juntando a varias naciones que se aglomerarán en lo que a la larga será la URSS, o Unión de Repúblicas Soviético Socialistas. Un nuevo mapamundi, en que los ganadores, no ejercerán ninguna medida de mesura sobre los derrotados. Nacerá con ello, el tributo a pagar por una nación como Alemania, que traerá como consecuencia dos décadas después, el nacimiento del Nacional Socialismo, y anunciará en su venganza, una nueva guerra.

Los Estados Unidos de Norteamérica, entrarán tardíamente a la batalla, y con su presencia, cambiarán el rumbo de la guerra. La victoria lograda un año después, elevará a este país, a convertirse en una potencia mundial, tanto económica como militar.

Se intentará, establecer una Liga de las Naciones, que no durará mucho, y que jamás llegó a cumplir con sus pretensiones, de lograr una paz universal. Aquellos cuatro años de contienda, cambiaron a impactaron al mundo. La era de paz, falsa en sí, de la era Victoriana, quedó en el olvido. Millones de seres humanos, dejaron su sangre y su vida, sus ilusiones y sueños, en los campos de batalla de Europa. Cada zona del continente europeo, se vio modificada. Nacieron nuevos países, y desaparecieron otros. Pero el odio, engendrado por siglos de servilismo, no habrá de desaparecer. Las nuevas fronteras, durarán poco. Los botines de guerra, en la adquisición de más territorio, darán fin años después.

La guerra, estimulará a la tecnología. Nuevos avances, muchos de ellos, de tipo militar, cambiarán para siempre la imagen del siglo XX, que está naciendo. Y los europeos, vivirán algunos años de bonanza y de desbordamiento emocional. Los alegres veintes, dominarán al mundo, como una contraparte a los horrores vividos en la década previa. Las mujeres, en especial, buscarán finalmente su emancipación, y lucharán por conseguirlo. Las llamadas democracias, comenzarán a hacer su aparición, y todos tratarán de gozar las mejoras que la ciencia les habrá de otorgar.

Países como la Gran Bretaña, tendrán que resurgir de sus cenizas, por ahora enterradas en los campos de batalla. Tanto ellos como Francia y la propia Alemania, perdieron a su juventud, y se convirtieron en patrias ahora pobladas por gente mayor. Las heridas ocasionadas, repercutirán por muchos años. Y las enseñanzas, ante la magnitud del magnicidio, serán olvidadas. Descansarán los victoriosos en sus laureles, sin prepararse para que, en el futuro, no se vean sorprendidos una vez más. El precipicio que se ha formado, entre las naciones, augura un pésimo pronóstico, y el tiempo lo dejará saber de manera muy clara. Los acuerdos llevados a cabo en Versalles, para marcar las pautas a seguir en el inmediato futuro, serán el alimento que nutrirá a los humillados, quienes, sin esperanza de formar parte del progreso, buscarán venganza. Versalles, no resolvió nada, solamente lo complicó más. Se pudo haber prevenido, con una visión más humanística. Pero, era tal el dolor, la ira, que se pensó solamente en castigar, sin tratar de evitar nuevos conflictos en el inmediato futuro. Cada uno de los países que lograron la victoria, solo pensaron en el botín que habría de beneficiarlos. Nacen Checoeslovaquia y una poderosa Polonia. Se hacen promesas a quienes habitan las tierras de lo que fuera el imperio Otomano. No se piensa en las consecuencias, donde cada quién, establecerá la manera de enriquecerse, con los tesoros, qué bajo la tierra, cubre la enorme planicie arábiga. Han convertido esa zona, en un polvorín que tarde o temprano habría de estallar.
Los Estados Unidos, alejados por el océano atlántico de sus congéneres en Europa, entrará en una recesión económica, tras la quimera vivida en la década de 1920 en adelante.

Una terrible guerra que impactó al mundo, y las consecuencias que la misma habrá de arrojar sobre el mundo. En cada rincón, del mismo, pero de diferente hechura. Solo 15 años después de haberse firmado el armisticio, nace de sus cenizas, una nueva Alemania. Sin haber aprendido la lección que la historia les dio, se preparan para salir de la pobreza, y lanzarse a una nueva guerra. Los países vencedores, cederán el control que debieron de ejercer, y permitirán el resurgimiento de un nuevo imperio militar, cuando pudieron haberlo evitado. Se sentaron en sus laureles, y olvidaron prepararse para conservar la paz y evitar la guerra. En palabras de la historiadora Bárbara Tuchman, dejaron que la estupidez repetida por la historia, vuelva a hacer su aparición años después.

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Todavía me despierto en las noches y sueño con Israel. Me despierto con pesadillas desde ese fatídico 7 de octubre del año pasado. Cuantos días de angustia han pasado ya.

EDITORIAL DEL 15 DE FEBRERO

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