Autor: Enrique Medrez

Es probable que el mayor reclamo político de todos los tiempos haya sido el que Moshé dirigió al Faraón “Deja salir a mi Pueblo…” (Éxodo 7:16). En los casi 3,400 años desde entonces, este versículo de la Torá ha sido adoptado y repetido por muchos grupos oprimidos. En especial, se convirtió en el favorito de los esclavos negros de los estados esclavistas sureños de los Estados Unidos de Norteamérica, de tal modo que su más popular canción folclórica cantaba: “¡Baja Moisés, a lo más profundo de Egipto, y dile al viejo Faraón, dejad salir a mi Pueblo!” De hecho, en los años 60’s, el llamamiento de Moshé se convirtió en el lema del movimiento internacional de protesta que abogaba por la liberación de la judería soviética. Bajo esta analogía, Egipto era representado por la Unión Soviética, y el Faraón, por Stalin y los demás líderes soviéticos.

Lo que la gente no sabe, porque esta información es generalmente omitida, es que la segunda parte de este versículo “Deja salir a mi Pueblo…” lee “… para que Me puedan servir”. En este contexto, se entiende que, a los ojos de la Torá, la libertad en si misma no es un Valor por el cual toda la naturaleza deba ser intervenida por Di_s, como sucedió con las plagas en Egipto y el posterior Cruce del Mar. Esta intervención se justifica cuando se tiene un objetivo provechoso que lleve a un compromiso con la Libertad, que en el caso de los esclavos Hebreos en Egipto, consistió en recibir la Torá 50 días después de la Salida de Egipto.

De lo contrario, obtener la libertad sin haber tomado la responsabilidad correspondiente, probablemente llegue a convertirse en libertinaje.

Cuando los Hijos de Israel en cierto momento crítico de su largo viaje por el desierto hacia la Tierra Prometida, se quejaron “Recordamos el pescado que comimos gratuitamente -jinam- en Egipto” (Números 11:5)”. En ese contexto la palabra jinam significó “libre de obligaciones”, sin ningún otro compromiso o exigencia inherentes (tal como en el parque de diversiones de Pinocho, donde “todo era gratis y conducente al desenfreno”). Así, este término es entendido por los Sabios como sinónimo de “libre de restricciones, límites y ataduras, y expresa el deseo de una libertad-para-hacer todo.” Aquellos que así se expresaron, no querían una auténtica libertad, solo deseaban la definición egipcia de libertad, es decir, vivir en un estado de no esclavitud física, con licencia para actuar como libertinos y ser libres de hacer lo que sus inclinaciones apetecieran.

Sin embargo, la Torá nos enseña una conceptualización completamente diferente del significado de la libertad. Para la Torá, la verdadera definición de libertad es jerut. Este uso propone que no hay libertad que no vaya acompañada de la responsabilidad ein ben jorin ela mi sheasuk batorá (“El único hombre realmente libre es aquel que está inmerso en la Torá” – Ética de los Padres).

La libertad es la capacidad y habilidad de elegir sin impedimentos (libre albedrío). Implica mucho más que estar liberado físicamente; incluye el potencial creativo de escoger y conformar la propia vida de acuerdo con nuestros objetivos. La libertad es sólo posible donde hay elecciones, y es resultado de la posibilidad para tomar decisiones. Por lo tanto, la libertad exige que las elecciones tengan consecuencias indudables, pues si las decisiones no causan ninguna diferencia fundamental entonces no son opciones genuinas y, por consiguiente, no expresan una genuina libertad. Sólo somos capaces de elegir la manera de crearnos a nosotros mismos cuando podemos discernir el verdadero impacto y la dirección que tales elecciones tienen en nosotros y hacia dónde nos llevarán.

Sólo al comprender el valor, el beneficio contra el costo de nuestras elecciones, podemos realmente tener la libertad de elegir. Esto es muy similar al caso de un comprador en un supermercado: solamente puede tomar decisiones significativas si está bien informado, es decir, conoce el precio unitario, el valor nutricional y la calidad de los productos que allí venden.

La libertad y el discernimiento (da’at) se vuelven interdependientes uno del otro: sin discernimiento no hay libertad, y sin libertad no hay da’at, ya que no hay un escenario dónde pueda medirse el impacto de tales diferencias de alguna manera real.

LECCIONES EN LIBERTAD I – Vivimos en una sociedad que minimiza la responsabilidad, incitándonos a huir de ella, de tal forma que cada crimen y vileza se excusa alegando circunstancias externas, ya sea culpando a la influencia del medio ambiente, las presiones económicas o la dependencia de substancias psicotrópicas. Al dejar de enseñar a nuestros jóvenes a hacerse responsables por sus decisiones y acciones, los hemos invitado a que continúen cometiendo los mismos errores una y otra vez. Una de las principales excusas que usualmente utilizamos para librarnos de tomar responsabilidad por nuestras acciones es auto engañarnos diciéndonos que no podemos controlar ciertas conductas porque estas son un reflejo de nuestra verdadera naturaleza. Y esto es lo contrario de la genuina Teshuvá (arrepentimiento).

Cuando el Faraón sintió la fuerza de la plaga de granizo con la cual Di_s azotaba a la nación egipcia, mandó llamar a Moshé y Aharón, ante los cuales declaró su culpa y arrepentimiento —Jatati hapa’am, Hashem Hatzaddik va’ani ve’ami hareshaim – “Esta vez he pecado, Dios es el justo y yo y mi pueblo somos los malvados”. Así, intentando que Moshé intercediera ante el Todopoderoso para que se removiera la terrorífica plaga, el Faraón accedió a la petición de dejar salir a los Hijos de Israel de su país. Sin embargo, una vez que el granizo y los truenos fueron eliminados, el texto dice que el Faraón “continuó pecando”. Al definirse como un malvado lo que realmente hizo fue evadir su responsabilidad; fue como si dijera “no podemos hacer nada al respecto ya que así somos”. Esto no es arrepentimiento, sino todo lo contrario. Al decir “soy un malvado”, el Faraón justificaba sus acciones y expresaba que casi seguramente continuaría comportándose de la misma manera. Es por esto que la Torá escribió “…y continuó pecando”,

Un ejemplo similar sería el de una persona que en su descontrolado enojo insulta a un amigo y, posteriormente, tratando de ganar su perdón le dice, “estoy muy arrepentido por lo que te dije, pero lo que pasa es que tengo muy mal genio”. Esto no constituye una disculpa, ya que dentro de su declaración manifiesta que si vuelve a enojarse volverá a hacerlo.

LECCIONES EN LIBERTAD II – Uno de los aspectos más insólitos de la narrativa de Pesaj (y del Éxodo), los cuales quedaron indeleblemente impresos en nuestras tiernas mentes, es el asunto de las “extrañas” plagas, a través de las cuales el Todopoderoso castigó a los egipcios por su perverso papel en la opresión (y atrocidades perpetradas en contra) de los Hebreos por más de ocho décadas. Otra de las evidentes funciones de las diez plagas fue como instrumento de presión para forzar al Faraón a dejar partir a sus esclavos Hebreos. Sin embargo, cuando examinamos de cerca el texto, somos sorprendidos por el hecho de que, pese a que en las primeras plagas este necio gobernante resistió por su propia terquedad los ataques del Señor, ¡a partir de cierto momento, el resto de las plagas sólo fue factible debido a que el corazón del Faraón había sido endurecido por Di_s mismo!

Es generalmente entendido que uno de los valores más importantes del judaísmo es el del libre albedrío –principio fundamental de la Creación. ¿Bajo qué razonamiento podemos disculpar el que Dios haya manipulado la voluntad del Faraón despojándole de su libertad de elegir? Además, ¿por qué incrementar el castigo del Faraón por la decisión de no dejar salir a los Hebreos, si realmente ésta no fue consecuencia de su voluntad sino de la acción del Cielo? Por último, quisiéramos saber, ¿qué tipo de enseñanza está Dios dando sobre “la libertad” a los recién redimidos Hijos de Israel cuando priva al Faraón de la más fundamental de las libertades -su libre albedrío? Por lo tanto, nuestro primordial cuestionamiento ante la negación de libre albedrío al Faraón debe contemplar dos aspectos: a) La justificación detrás de esta arbitrariedad; b) El objetivo de dicha acción.

Sobre este asunto, Maimónides (Rambam) explica que “cuando un individuo o una sociedad actúan perversamente por voluntad consciente y deliberada, es vital que haya repercusiones y consecuencias [a sus acciones]… Sin embargo, el arrepentimiento puede actuar como una protección y defensa contra dichas consecuencias, ya que de la misma manera en que la persona peca empleando su entendimiento y deseos, igualmente, cuando se arrepiente utiliza su entendimiento y voluntad. Ahora, es posible que la naturaleza de la maldad [perpetrada] exija que las consecuencias, para aquel que realizó dicha perversidad,… sean tales, que quede incapacitado para arrepentirse y, en consecuencia, no pueda evitar sufrir las repercusiones de su maldad, de manera que en definitiva pueda ser destruido por el mal que [realizó y] continúa realizando. Es por esto que la Torá dice “Endureceré el corazón del Faraón”: ya que éste pecó inicialmente con total libertad y conciencia, causando daño a Israel quien había sido invitado a su país, y la justicia exigía que a él le fuera impedido arrepentirse para que no previniera las repercusiones [que merecía].”

Esto significa que en opinión del Rambam, la genuina libertad exige que las elecciones tengan indiscutibles consecuencias. Y el arrepentimiento puede llegar a interponerse en el camino de dichas (y esenciales) repercusiones.

El libre albedrío nos da la facultad no sólo para realizar el bien y el mal, sino para transformarnos en personas buenas o malas; ni siquiera Dios atentaría contra éste, el más fundamental derecho humano, ya que sería equivalente a negar la Creación misma.

Sin embargo, un arrepentimiento que busca evitar consecuencias no apoya la Creación, sino que es un mero escape –una violación a la verdadera libertad. Así, la libertad de elección y la libertad para hacer teshuvá son dos asuntos completamente diferentes, incluso, en ocasiones, contradictorios. La belleza en la contestación del Rambam, es que desde su punto de vista la justificación y el objetivo de privar al Faraón de la libertad para arrepentirse es la misma: un compromiso histórico hacia la libertad y una demostración del extraordinario poder creativo que la libertad posee.

La “Universidad de la Libertad” egipcia fue el medio apropiado para aprender una importante lección respecto al libre albedrío y su uso responsable, y sobre cómo, cuando no se usa adecuadamente, puede perderse. Así, el libertino (parúa) Faraón, “”, perdió su “inalienable” derecho debido a que no ejerció correctamente la responsabilidad que venía con el privilegio.

Israel tenía que aprender que libertad no es la facultad para hacer lo que uno desea, sino el derecho inalienable de crearse a uno mismo de acuerdo a sus propias elecciones. Y que estas decisiones son terriblemente reales. De manera análoga, la máxima expresión de amor de los padres hacia sus hijos, y una de las lecciones más importantes que se les debe dar temprano en la vida, es que las acciones generan consecuencias y que uno debe aprender a vivir con dichas consecuencias, debiendo tomar responsabilidad por todas sus acciones.

Siempre tenemos libre albedrío sin importar qué tan destructivo haya sido nuestro pasado, y en consecuencia siempre somos libres y responsables por nuestras acciones. La inclusión de Maimónides de los principios de Libre Albedrío (bejirá jofshit) dentro de las Leyes de Arrepentimiento (Hiljot Teshuvá). nos enseña que, cuando estamos convencidos de nuestros errores, y deseamos alejarnos de la falla subyacente que los originó, nos convertimos nuevamente en seres libres para elegir nuestro futuro. Y por la misma razón encontramos que la negación del Faraón a hacerse responsable por sus decisiones y sus actos resultó en que el Todopoderoso, de manera sorprendente, le privara de su capacidad de elegir.

Estando los Hijos de Israel a punto de adquirir su libertad y madurez como nación, debían ser educados por Di_s sobre lo que la libertad realmente significa, y hacerlos conscientes de cuán fácilmente esta se puede perder.

LECCIONES EN LIBERTAD III – Hubo otras lecciones adicionales sobre la libertad que también fueron enseñadas en Egipto. Por ejemplo, la libertad solo puede surgir de la justicia y no del cañón de un arma. Por ello, la justicia que surge de la libertad debe ser percibida, y aceptada, como la realidad que representa y no meramente como una abrumadora fuerza superior que aplastara a los egipcios, forzándoles a aceptar aquello que no aceptaban como verdad. El calculado ataque gradual plaga por plaga contra los egipcios también escenificó este ejercicio en libertad. Fue una consecuencia de la Justicia deliberada y cuidadosa impuesta sobre Egipto y, como tal, retribuye a Egipto por sus malvadas acciones. Es justicia, no venganza.

Cuando observamos en su totalidad el proceso de Exilio-Redención sucedido en Egipto como un necesario proceso educativo, aprendemos cómo la justicia – la aceptación de lo que es correcto y apropiado- estableció el derecho fundamental de los Hijos de Israel a expresar su humanidad. Y de allí la importancia de que fueran redimidos y no simplemente liberados. Su redención es lo que compró su libertad, ya que de otra forma solamente hubieran sido esclavos liberados, en vez de un grupo humano merecedor de su libertad.

Y por ello también era muy importante que salieran de Egipto cargados de riquezas; este “pago” atestiguaba retroactivamente que en realidad nunca habían sido esclavos, sino unos empleados remunerados por sus grandes y extensos esfuerzos.

La redención de los Hijos de Israel que mencionamos adquiere otra dimensión en la advertencia que hace Dios por voz de Moshé al Faraón: “deja a Mi hijo primogénito salir a Servirme…… y si te niegas, Yo voy a matar a tu primogénito” (Éxodo 4:22-23). WOW.

CONCIENCIA E IDENTIDAD – Como revela el versículo, la esclavitud egipcia fue una reacción de temor ante la posibilidad de perder el control ante el colosal crecimiento demográfico de los hebreos. “Pueden huir del país”, “Pueden tomar el control de nuestro país” (Éxodo 1:9). Sin embargo, en el fondo la razón de su deseo de controlar a otros provenía de su propia falta de autocontrol. El deseo de controlar a otros siempre nace de una ausencia de autocontrol; en contraste, quien tiene total control de sí mismo no tiene tiempo ni deseos de controlar a otros. Está demasiado ocupado controlándose a si mismo. Sin embargo, esta percibida amenaza solo se materializaría si este grupo de extranjeros se convertían en un pueblo con identidad, ya que un fuerte sentido de identidad conlleva un alto grado de autocontrol. Cualquiera que tiene un sentido real de su propia identidad posee el autoconocimiento que permite el verdadero autocontrol.

Ni el pueblo egipcio ni su líder podían soportar la idea de que los judíos se convirtieran en un pueblo con identidad, porque entonces controlarían su propio destino. Esto significaba un desafío contra todo lo que esa sociedad representaba; ansiaban el dominio, y lo ambicionaban a cualquier costo. La exposición de sus propias inseguridades, de su necesidad de imponer su voluntad irracional, de su compulsión por controlar a otros incluso a riesgo de su propia destrucción sólo podía conducir a la debacle que eventualmente sufrieron en el mar. De allí el legendario calificativo de “Cortina de Hierro” con que la Torá describió a este gigantesco gulag que aprisionaba a la gente sin permitirles que lo abandonaran libremente.

La identidad siempre nace de la toma de conciencia, del reconocimiento de las diferencias entre cosas diferentes y alternativas; por ejemplo, el YO del NO YO. Así, cuando algo o alguien adquiere una identidad propia, se reconoce a si mismo distinguible discerniendo cómo y cuánto se diferencia de aquello que lo rodea.

Egipto es el paradigma, la madre de todos los exilios, y el éxodo es el paradigma de la salvación/redención de todos los demás exilios. La intención manifiesta de la Torá en el proceso de la bajada a Egipto, el cual al final trae la redención, es lograr una mayor conciencia y un entendimiento de las diferencias que conducen a una mayor identidad y libertad. Por ello, la Torá exhorta afirmar nuestra conciencia por medio del recuento de los hechos que tuvieron lugar hace muchísimo tiempo, en un rincón remoto y oscuro de la historia.

El exilio, con su pérdida de libertad, es un momento para poner a prueba nuestra esencia y, cuando es llevado por el camino virtuoso, nos ayuda a forjar nuestra identidad y definirnos a nosotros mismos, en tanto diferentes de la cultura de nuestro alrededor. Es claro, entonces, que es la pérdida del da’at y la identidad lo que trae el exilio. “Todo hombre sin da’at debe al final ir al exilio, como está escrito: “Mi pueblo está exiliado porque no tiene da’at…” (Isaías 5:13; Sanhedrín, 92a). El Creador, vía el exilio, da a Su pueblo la posibilidad de volver a obtener una comprensión de lo que su identidad y libertad significan. Todo el proceso de exilio-redención ocurrido en Egipto (galut-geulá) fue, un plan diseñado por adelantado, con un claro propósito en mente: hacer evidente la verdadera libertad del Corpus de Israel.

Una persona sin conciencia vive a ciegas dentro de una jaula, sin saber que no es libre.

De ahí que el principal y más importante producto de la ceremonia del Séder, celebrada la primera noche de la Pascua, sea la conciencia. Esta debe basarse en un reconocimiento de las diferencias. Hacer las preguntas del Má Nishtaná indica no sólo que hay una conciencia de las diferencias, sino más aún, que la persona se interesa lo suficiente por dichas diferencias como para interrogar a otros sobre ellas. El Má Nishtaná manifiesta “¿Qué hace esta noche tan diferente? ¿Por qué es todo esto tan real para nosotros? ¿Cómo puede aún significar tanto para nosotros después de tanto tiempo?”

El cuestionamiento mismo es lo que crea la libertad, y es sólo por medio de la conciencia manifestada en tales preguntas que Israel puede obtener la libertad y la identidad que debe alcanzarse en esta mágica noche. Lo importante es la libertad manifestada en las preguntas, y no las respuestas a las mismas, ya que solo los hombres libres tienen derecho a cuestionar. Los cuatro niños en la Hagadá son clasificados en términos de su evidente cuidado para hacer preguntas. El malvado (rashá) se “separa”; el simple (tam) carece de elocuencia; y el que no sabe preguntar (she’einó yodea lish’ol) no se desvela tratando de entender. Sólo el sabio (jajam) desea el conocimiento completo y detallado con el cual relacionarse.

El Séder no es, y no debe ser, una discusión respecto a la libertad. Mediante su potencial para obtener conciencia, el Séder representa una oportunidad de experimentar de nuevo la búsqueda de la libertad y crearla. De este modo, al incrementar nuestro discernimiento, incrementamos nuestra libertad y nuestro sentido de identidad. Por medio de la mizvá de “narrar” el Éxodo (Sipur Yetziat Mitzráim) el padre articula conscientemente y se conecta con sus hijos, siendo capaz de comunicarles aquello que para él hace la diferencia. Cada individuo debe verse a sí mismo como si en persona estuviera saliendo de Egipto (Pesajim 116b)

Aunque han pasado más de 3 000 años, en los hogares judíos alrededor del mundo la historia del Éxodo es narrada todos los años con un libro cuyo austero título proclama la importancia de las palabras para la libertad. Es llamado La Hagadá, que simplemente significa “La Declaración”.

Relatarás… (Éxodo 10:2); Dirás… (12:27); Hablarás de… (13:3); Declararás… (13:8); Pregunten… (13:14)…

Anuncien…(Deuteronomio 26:5)…”Articulación”, “comunicación”, “cognición”, son las palabras significativas de la libertad. Extenderse en la narración de los eventos, la necesidad de saber, las preguntas que exigen respuestas, la conexión con otros que también deben saber, todo esto es parte de la “relación”, la identidad y la libertad y, por ello, constituyen elementos de la memoria de la nación (zejirá).

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Este 76 aniversario de Yom Haatzmaut, día de la Independencia de Israel, es un día muy especial para el país y para todos los judíos de la diáspora.

EDITORIAL DEL 15 DE MAYO

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