Autora: Esther Shabot*

 

Cerca de la mitad de los árabes israelíes encuestados pensaban que la respuesta israelí estaba justificada y el ataque de Hamás no iba a contribuir a la solución de los problemas de los palestinos, mientras que 44% opinaba lo contrario.

Dos millones de árabes —musulmanes, cristianos y drusos— son ciudadanos del Estado de Israel, por lo que representan 20% de la población total de ese país. Ser árabe y también israelí constituye, sin duda, una condición que se presta a ambivalencias y frecuentes conflictos de lealtad de difícil manejo. Sobre todo cuando repentinamente estalla un conflicto del calado de lo que ha sido la guerra iniciada a partir del 7 de octubre pasado con el ataque brutal del Hamás contra los habitantes israelíes de la zona colindante con Gaza. Hubo, sin duda, en la población árabe de Israel, un shock inicial por la crueldad del ataque, junto con el temor de que ellos pudieran ser víctimas de agresiones revanchistas de parte de sus conciudadanos judíos.

También experimentaron preocupación por la seguridad de parientes o conocidos residentes en Gaza, lo mismo que alarma y dolor por el hecho de que vecinos suyos que vivían en Israel en la zona bajo ataque habían sido asesinados o secuestrados por las huestes de Hamás que arremetieron sin distinción alguna contra quienes encontraban a su paso. De acuerdo con una encuesta de opinión llevada a cabo en noviembre por el Programa Konrad Adenauer para la Cooperación Judeo-Árabe, cerca de la mitad de los árabes israelíes encuestados pensaban que la respuesta israelí estaba justificada y el ataque de Hamás no iba a contribuir a la solución de los problemas de los palestinos, mientras que 44% opinaba lo contrario.

Árabes israelíes residentes en el área donde se desarrolló la carnicería humana, como los que integran a la población de la ciudad beduina de Rahat de 79 mil habitantes, fueron los más activos en cuanto a solidaridad con las víctimas del 7 de octubre, al haberse reclutado como voluntarios para enfrentar el desastre que se instaló en esa zona tras el arrasamiento de granjas, filas y filas de autos quemados y restos humanos regados por doquier. Esa solidaridad fue espontánea y natural, ya que, incluso habitantes árabes de Rahat se contaron entre los muertos y secuestrados en aquella fecha.

En cuanto a los líderes políticos árabes israelíes que encabezan partidos presentes en el Parlamento israelí, hubo condena unánime al ataque de Hamás y a la crueldad ejercida contra civiles inocentes, hombres, mujeres y niños asesinados a mansalva. Sin embargo, cada uno de los tres jefes de bancada de los tres partidos árabes se expresó enseguida con matices diferentes. Mientras que Ayman Odeh, del partido Comunista Jadash declaró que “la maldita ocupación no justifica lo que pasó…y si bien los judíos son una nación que merece la autodeterminación de la que ya disfrutan, el pueblo palestino no ha conseguido lo mismo, por lo que es necesario luchar para poner fin al conflicto mediante la fórmula de un Estado junto al otro, conviviendo en paz”.

El líder del partido nacionalista árabe Balad, Sami Abu Shehadeh igualmente condenó la matanza, pero criticó acerbamente al sionismo, enfatizando que “el legítimo derecho del pueblo palestino a luchar contra la ocupación, el bloqueo y el régimen de apartheid, no puede justificar ningún daño a la población civil”. Por su parte, Mansour Abbas, líder del partido Lista Árabe Islámica Unificada (Ra´am), condenó vehementemente la masacre del 7 de octubre, a la que consideró contraria a los valores del islam, llamando a las facciones militantes palestinas a deponer sus armas y a unir fuerzas con la Autoridad Nacional Palestina con sede en Ramala, a fin de llegar a un acuerdo negociado con Israel para dar solución a la cuestión palestina.

Desde luego que, con el transcurso de la guerra, se ha intensificado enormemente el dilema que enfrenta la definición de la identidad para los árabes de Israel. La mayoría son solidarios con la sociedad israelí en la que viven, pero sufren por los terribles daños padecidos por sus hermanos de Gaza. Se mueven en esa humana ambivalencia desconocida por cierto por esas vociferantes masas que en las universidades occidentales ven el conflicto en blanco y negro, sin conocer los intrincados matices que caracterizan a este enfrentamiento. Vuelven así, como en otras épocas de la historia, a convertir al pueblo judío en un enemigo universal al cual es legítimo exigirle la renuncia a su derecho a la autodeterminación nacional. Masas de cómodos indignados que no se dan cuenta de que en su ingenuo afán justiciero le hacen el caldo gordo a los antisemitas que proliferan en nuestros tiempos, sin contribuir en absoluto a resolver el sufrimiento de ambos pueblos que merecen un futuro de independencia, libertad y paz.

 

* Editorialista del Diario Excelsior

 

 

Desde el escritorio de la Editora

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