Autora: Esther Shabot *

 

Desde hace tres meses y medio la guerra entre Hamás e Israel ha sido el foco central de la atención mundial, dejando incluso al conflicto ruso-ucraniano en un segundo plano. Pero poco a poco emerge en el panorama otra amenaza de gran calibre. Se trata de la posibilidad de que lo que hasta ahora se ha mantenido en calidad de guerra de baja intensidad entre el Hezbolá libanés e Israel, se convierta en una guerra abierta, la cual, por la envergadura de los arsenales armamentistas en manos de ambos contendientes, tendría consecuencias más devastadoras aún que lo que hasta ahora hemos visto en la contienda Hamás-Israel.

Pocos días después del ataque de Hamás del 7 de octubre, la organización terrorista chiita Hezbolá, presente en Líbano en calidad de partido político y de milicia armada más poderosa aún que el ejército nacional libanés, inició sus embestidas contra el norte de Israel, luego de haber apostado tropas y bases armadas a pocos cientos de metros de la frontera. Ello en contravención de la resolución 1701 de la ONU de 2006, que estipula que las milicias de Hezbolá tienen que ubicarse a 40 km de Israel, al norte del río Litani. La justificación para tales ataques fue la solidaridad con Hamás por la contienda en curso, no obstante que entre Líbano e Israel no existe ninguna disputa territorial, puesto que desde hace más de dos décadas la ONU reconoce como legítima la línea fronteriza que separa a ambas naciones.

Y es que el objetivo de Hezbolá sigue siendo el que ha enarbolado públicamente desde su creación, objetivo gemelo del de sus patrocinadores y amos iraníes: la destrucción del Estado de Israel. Es más, tanto el gobierno de Teherán como el Hezbolá sostienen abiertamente que su objetivo no es la creación de un Estado palestino al lado de Israel, sino la liquidación de éste. Ello en función de una concepción fundamentalista islámica radical que considera anatema la existencia de un Estado no islámico en el corazón de esa región, cuna del islam.

De ahí que, tras el 7 de octubre, la situación en el norte israelí colindante con Líbano y Siria se haya vuelto ominosamente explosiva. La cercanía de las fuerzas del Hezbolá y el intercambio de fuego limitado, pero constante que se desató, hizo que los pobladores de la franja israelí cercana a su frontera norte, abandonaran totalmente sus aldeas, granjas y ciudades. Casi cien mil israelíes de esa región se han convertido en desplazados internos desde hace tres meses y no se ve para cuándo podrían regresar. Temen sufrir un ataque similar o peor que el padecido el 7 de octubre por sus compatriotas del sur, ya que se sabe, cada vez con más precisión, de los extensos túneles construidos por Hezbolá para infiltrarse territorialmente en Israel, y de los más de 150 mil misiles de fabricación iraní de largo alcance con capacidad de alcanzar todos los confines de Israel.

Desde luego que para el Estado judío, en las condiciones actuales de guerra intensa contra Hamás en Gaza, de donde aún no se han podido rescatar más de la mitad de los rehenes secuestrados, y con el alto costo que en todos sentidos está teniendo la contienda, embarcarse en otra guerra en un segundo frente es absolutamente indeseable. Pero, por el otro lado, si Hezbolá no es convencido u obligado por la comunidad internacional a cumplir con la resolución 1701, que establece que su presencia debe ubicarse a 40 km de Israel, éste se vería obligado a recurrir a la fuerza desencadenando una guerra de gigantescas proporciones.

Se especula que Hezbolá no quiere escalar la guerra, porque sabe de la devastación que ella traería a un país como Líbano, tan emproblemado en tantos sentidos, con un gobierno disfuncional desde hace años, una economía hecha pedazos y un horizonte general francamente deplorable. Sin embargo, sabemos que la racionalidad no siempre impera y que los fanatismos, religiosos o ideológicos, con frecuencia marcan la agenda a contracorriente de la sensatez. De ahí lo volátil y peligroso de ese frente. Un momento de locura de alguno de los protagonistas de esta crisis, un disparo desviado o una decisión precipitada de quienes están al mando, podría encender una conflagración adicional con el potencial de arrastrar a otros actores internacionales que se verían obligados a involucrarse activamente en ella. Un panorama ciertamente de tintes apocalípticos.

 

*Editorialista del Diario Excelsior

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Todavía me despierto en las noches y sueño con Israel. Me despierto con pesadillas desde ese fatídico 7 de octubre del año pasado. Cuantos días de angustia han pasado ya.

EDITORIAL DEL 15 DE FEBRERO

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