Autor: Jaime Laventman

 

En aquel no tan lejano 1963, año crucial en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica, viajaba en autobús, desde la frontera de Nuevo Laredo y con destino a la ciudad de Boston. 5 días y 4 noches en el autobús, que me educaron, forjando en parte mi carácter. Observé con cuidado, la naturaleza en un país tan extenso como lo es, el vecino del norte. Sus áridas zonas en Texas, sus ríos y lagos que entregan vida y esperanza a los pueblos construidos a su alrededor. Los pantanos del sur de los EU, como los viera en Alabama y en especial en Louisiana. Las zonas selváticas y poco a poco, a medida que íbamos ascendiendo hacia el norte, los frondosos bosques, las llanuras y valles tan inmensos y cultivados en el país. Miraba por la ventana interminables reflejos que iluminaban al país. Granjas, pueblos pequeños y ciudades de todo tamaño. Y a pesar de no dominar el idioma, siempre lograba yo, dialogar con alguien; preguntando y tratando de conocer lo que se presentaba frente a mi vista. En cada estado, los acentos cambiaban, haciéndome sentir como si estuviera viviendo en países diferentes. Lo único inmutable, era mi fraseo del idioma de Shakespeare, que no sonaba precisamente cómo el drama-autor inglés lo había sugerido. Momentos de incertidumbre, cuando en las cafeterías, no lograba darme a entender. Aprendí, como si fuera un mago, a sacar de mi sombrero de mago, alguna forma de expresión, manual, o de cuerpo entero, que diera a mi interlocutor la idea de lo que yo deseaba.

 

En el largo trayecto a través del sur del país, identifiqué situaciones que me dejaron preocupado. Para empezar, la gente de color que viajaba en el mismo transporte que yo, era delegada a la zona posterior del mismo. Como si su presencia en la parte delantera, pudiera dañar de alguna manera a la gente que nacimos de tez blanca o pálida. Sus caras, denotaban tristeza y desapego a los que les rodeábamos, y no osaban cruzar sus miradas con los demás. Palpaba yo, un miedo en ellos; una absoluta desconfianza que hería lo más sagrado de mi ser. Me señalaba, que no éramos iguales, por razones de la mínima diferencia que había de melanina, entre ellos y nosotros. Negro y blanco. Nunca estuvieron más alejados el uno del otro. Paraba yo en las estaciones, buscando afanosamente un baño, ya qué en aquellos tiempos, los autobuses no contaban con uno. Y noté como a su vez, los baños, como los asientos en los autobuses, como la vida misma en esas zonas, estaba segregada. Vi al blanco, con su mirada despectiva y de odio; con un aire de superioridad, que me recordó la mirada de los nazis durante la guerra, en su odio a los judíos. Los vi, altivos y creídos de sí mismos, por el solo hecho de ser blancos. Me ofendió el darme cuenta de lo que acontecía en la mitad del país, aquel, al que yo veía con ojos de envidia. Supe entonces, que no hay lugares perfectos. En una ocasión, al subir al autobús Greyhound, me di cuenta que no había más que un asiento vacío. En el lugar de la ventana, estaba sentado un joven soldado de color. Sin pensarlo, me senté a su lado, como si nada hubiera pasado. Aún no me daba cuenta de lo profundo de la discriminación. El transporte arrancó. Mucha gente volteó a verme. Había incredulidad en su mirada. No entendía el por qué. ¿Sabían acaso que yo era judío o mexicano? Por eso me miraban de reojo. De repente, la mirada del chofer se fijó en el espejo con el que podía ver a los que estaban en el camión. De manera por demás brusca, en plena carretera, se orilló y sin apagar el motor, se levanto de su asiento y se dirigió hacia donde yo me había instalado. Había ira y furor en sus ojos. Sentí, a mis escasos 19 años de edad, un miedo interno, como si fuera culpable de haber cometido un crimen. El chofer, se paró a mi lado y me exigió – esa es la forma que lo hizo – que me pusiera de pie. Soltó una serie de frases en voz altisonante, con el semblante enrojecido, que supe no eran agradables, pero debido a mi falta de conocimiento del idioma, no comprendí. Al soldado, le exigió que se levantara. Sin respetar a aquel que combate para mantener la libertad del país, lo insultó y le pidió que se sentara en la última fila, donde ya apretujados, estaban otros, de piel canela como el, sentados. Traté de decirle, que yo me podía sentar en otro lado, pero ni el me entendió, ni nadie más. Con vergüenza, vi como el soldado fue privado de su asiento y obligado a tomar un lugar donde no había espacio. Nunca en mi vida, me sentí tan humillado a pesar de no tener ninguna culpa por ello.

 

Pasé por Alabama, Mississippi, Louisiana, Florida y finalmente Georgia, donde visité la pequeña ciudad que Atlanta era en aquel entonces. Y en todo ese largo trayecto, me sentí inseguro, temeroso de la reacción de los pobladores. Era un país que discriminaba a diestra y siniestra. Negros, latinos, judíos, musulmanes. No era, lo que la declaración de la Independencia decía entre sus líneas. Pensé que sería diferente en el norte. No lo fue. En menor grado, con un poco más de tolerancia, pero sin poder decir, que eran mejores.

 

Y en ese mismo año, un hombre de color, ministro religioso, ético en su forma de ser y de pensar, tuvo un sueño. Convocó a mucha gente, a unirse en su causa, en la hermosa ciudad de Washington DC, y como una prédica, les explicó que él, había tenido un sueño. En pocas palabras, la búsqueda de la igualdad en un país dividido por sus prejuicios. La esperanza de ver niños de color y blancos, tomados de las manos, jugando y sonriendo, como los niños suelen hacerlo. Y dejar, qué, al llegar a ser adultos, la inocencia de su niñez no se pierda. Lo vi renegar de las palabras dichas un siglo antes, por un presidente llamado Abe Lincoln, quien no permitió la separación de los Estados Unidos, para formar dos países diferentes. Lo logró, con las armas y con astucia; pero el país, como lo viera yo en 1963, estaba totalmente dividido entre el norte y el sur, entre la tolerancia y el odio racial. Las palabras vertidas tras la batalla de Gettysburg, quedaron en el olvido; hermosas, sí, pero sin real sentido para la mayoría de la población.

 

Y este hombre de color, de nombre Martin Luther King, tuvo un sueño. Uno, que compartió con millones de norteamericanos, y de otras nacionalidades, que aceptan sin chistar, que todos los seres humanos debemos de ser iguales, tratados como tales, y nunca discriminados.

 

Leer a Lincoln en aquel triste momento, tras una sangrienta batalla, es una obligación de todo amante de la libertad. Tener y compartir un sueño con Luther King, es a su vez una tarea que todos debemos de emprender. En su arenga, hay desilusión y un compromiso por mejorar. Hay una iniciativa a no permitir que ocurra, así hubiera que tomar las armas, no solo las de la razón, sino las que el hombre ha inventado para asesinarse, conjuntamente los unos con los otros, en inútiles guerras, en inseguridad en las calles y en todos los países de mundo.

 

Luther King, expresó en aquel famoso discurso – debemos de leerlo al menos una vez en la vida – su deseo de que verdaderamente los hombres y mujeres en el planeta, somos iguales, con los mismos intereses y con la esperanza de merecer la felicidad a la que todos tenemos derecho.

 

Poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. La gente de color, se subió a los camiones y se sentó donde había lugar; lentamente, los niños se integraron a las escuelas de los blancos, y a la larga, los baños antes segregados, ahora se convirtieron en uno solo. El sueño, se iba convirtiendo en una realidad. Hubo violencia; muertes inútiles. Perros que desgarraron a los que protestaban. Y finalmente, tras más de 50 años, podemos decir, que los Estados Unidos lograron cambiar su destino racista, y sin lograrlo por completo, se han convertido en una sociedad mejor integrada, con el uso de la razón, impuesto por leyes y conseguido una vez que sus ciudadanos, las siguieron. Cayeron gobernadores y alcaldes racistas. Las oportunidades de progresar, convirtieron al país, en uno mejor, si bien la consagración total de la felicidad no es completa aún, y mucho menos pareja. Tienen ghettos, donde la pobreza y la falta de recursos, nos remonta a la época de la esclavitud. Y aún así, el avance es prodigioso. Incluso, eligieron a un presidente de color; algo inconcebible unos años antes.

 

Martin Luther King, tuvo un sueño. Uno que se fue convirtiendo en realidad, cumpliendo en parte con las esperanzas puestas en el.

 

Pero, los héroes pagan con sus vidas, las afrentas de tratar de cambiar las reglas del juego. El 4 de abril, del año de 1968, una bala bien dirigida, con saña y alevosía, terminó con su vida y con su sueño aún inconcluso.

 

Gobiernos suben y bajan en los Estados Unidos. Algunos liberales, otros no. Pero la constitución, protege a los ciudadanos, y los dirigentes saben, que el abuso del poder, puede terminar con su puesto, sea este quien sea.

 

Han transcurrido 58 años de mi viaje Las cosas mejoraron mucho. No totalmente, pero con una franca tendencia a que así suceda. Hay respeto, a menos de que alguien intente volver a los tiempos de las cavernas, asesinando impunemente, bajo la bandera que crea es la adecuada. El mundo lucha contra la violencia o al menos trata de hacerlo.

 

La noche de hoy, soñaremos con un mundo mejor. Y esperemos, que como aconteciera con aquel sueño de 1963, este, se convierta en realidad, en un tiempo no muy lejano.

PERIODICO DIGITAL

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Dentro de las Efemérides que conmemoramos esta quincena está el Día Internacional para la Tolerancia…

                      

EDITORIAL DEL 15  DE NOVIEMBRE

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