Autor: Jaime Laventman

 

¿Tenemos una misión sagrada, que cumplir en la tierra? Esta interrogante, la debe de contestar todo ser humano que habita el planeta. Debe hacerlo con honestidad y siempre tratando de elevar su espíritu por encima de las adversidades a las que se pueda enfrentar. No necesariamente buscará con ello, inscribir con letras doradas su nombre, para que sea recordado por las generaciones por venir. Sin embargo, el deseo incumplido de Fausto, por adquirir la inmortalidad, se ve reflejado en acciones que llevamos a cabo y que terminan por otorgárnosla en el ámbito de que un nombre puede perdurar siempre, a la efímera existencia de unos cuantos trillones de células, que componen nuestro cuerpo.

 

Livingstone, el incansable explorador británico, seguía buscando la fuente del Nilo y a su paso, descubría y pisaba tierras jamás exploradas por el hombre previamente. Amundsen hacía tiempo, a la par del infortunado Scott, había llegado al polo Sur y plantado en el mismo la bandera de su país. El continente australiano y las selvas de Borneo habían sido ya exploradas y los mapas obtenidos de las mismas, eran orgullo de quienes las visitaron por primera vez. Poco le quedaba al parecer, al hombre por conquistar.

 

En la lejana cordillera del Himalaya, se elevan majestuosas, las montañas más elevadas del planeta. De todas ellas, la más alta, con sus cerca de 8800 metros de altura y bautizada en honor a su descubridor, aún no había sido escalada por ningún ser humano. El Monte Everest, con su majestuosa y helada efigie, desafiaba a todos los alpinistas del mundo, haciéndolos fracasar una y otra vez, y matando a su paso, a varios de ellos, cuyo intrépido intento no logró vencer al gran coloso.

 

En el año de 1924, dos de ellos, de brillante trayectoria, habían intentado ascender el monte. Sin embargo, Mallory e Irvine, no solo fueron incapaces de aquello, sino que desaparecieron para siempre sin dejar rastro alguna de sus vidas. Eran solamente dos, de los muchos más que intentaron la hazaña sin lograrlo.

 

En el año de 1953, una expedición británica de gran envergadura, bajo el mando casi militar de Sir John Hunt, emprendió el largo viaje a las tierras de Nepal, para tratar de vencer a la montaña y adquirir la eterna fama que nos lleva a la inmortalidad. Era un contingente masivo, con toneladas de toda clase de utensilios y equipo, necesarios para el ascenso. La idea era atacar la montaña a partir de dos ángulos diferentes.

 

Solamente un año antes, un contingente suizo que incluía al afamado alpinista Raymond Albert había llegado en compañía de su sherpa a la increíble altura de 8598 metros, pero sin poder completar el ascenso. En esa ocasión el Sherpa era Tenzing Norgay, y Hunt, conociendo la calidad del mismo, lo había incluido entre muchos otros, para el ascenso de 1953, que incluía a los mejores representantes del imperio británico.

 

El ascenso por los dos contingentes, incluía en el primero a Tom Bourdillon y a Charles Evans. En la mente de Hunt, eran ellos los mejor preparados, para ser los primeros en llegar a la cúspide del monte. Evans era un neurocirujano y desde la mitad del ascenso, ya había experimentado problemas con su suplemento de oxígeno.

 

Estos dos pioneros lograron ascender hasta los 8748 metros, y estando a solo 101 metros de concluir la hazaña, tuvieron que rendirse y regresar. Era el 26 de mayo, y la frustración por no haber conquistado la meta, los acompañaría el resto de sus vidas. La razón de su falla, es que se habían quedado sin oxígeno y ascender, sería lo mismo que cometer suicidio.

 

Tres días más tarde, el otro grupo compuesto por el Sherpa Tenzing y un neozelandés, muy experimentado de nombre Edmund Hillary, decidieron iniciar el ascenso. Tenzing, como vimos, era un experimentado alpinista. Esta era su sexta expedición. Para Hillary, este era su cuarta expedición en dos años al Himalaya, y estaba en condición física insuperable. Su preparación había sido llevada a cabo en los montes y glaciares de Nueva Zelanda, que probaron ser un perfecto campo de entrenamiento.

 

Tenzing y Hillary, llegaron a la cúspide a las 11.30 de la mañana del 29 de mayo de 1953. Habían luchado contra obstáculos de todo tipo, y encontrado la manera de llegar a la parte más elevada de la montaña.

 

Ambos, emocionados, se dieron la mano, pero Tenzing, mucho más emotivo y menos flemático, abrazó a su compañero con fervor. Permanecieron “on top of the world “para usar sus mismas palabras, solamente 15 minutos. Minutos de gloria, de fama eterna, de lograr arrebatarle a la madre naturaleza, uno más de sus obstáculos. En esos momentos, Hillary nos cuenta, que miró a los cuatro puntos cardinales, buscando algo que confirmara que Mallory e Irvine, habían logrado la hazaña. No fue así.

 

Ambos alpinistas, en una muestra de solidaridad, no dieron a conocer al mundo, quien fue el primero de ellos en tocar la cima del Everest. Finalmente, Tenzing escribiría en su autobiografía titulada “Tigre de las nieves “que, efectivamente fue Hillary, el que primero llegó. Aún ante esa “confesión “siempre que pensemos en esta hazaña, habremos de hacerlo en plural. Ambos, sin importar cual pie fue primero, llegaron al mismo tiempo a la meta.

 

Desde aquellos tiempos, la montaña ha sido escalada con éxito en varias ocasiones. Hillary, tras su ascenso, había expresado sin lugar a dudas, que esta meta, había sido la más difícil de todas y que no pensaba nadie intentaría volver a desafiar al Everest. Finalmente admitió, que no podía haber estado más equivocado.

 

¿Qué tan alta es esta montaña? Todos sabemos qué en México, nuestro más elevado pico, es el de Orizaba, también conocido como Citlaltépetl. Sobrepasa los 5500 metros de altura, o sea unos tres kilómetros menos que el del Himalaya. La falta de oxígeno, las tormentas de nieve, la oscuridad reinante, los vientos congelantes en la cima y muy traicioneros, son algunos de los obstáculos a los que los escaladores deben de enfrentarse. El cansancio físico, la hipotermia e hipoxia son otros. La época del año, debe ser escogida con mucho cuidado, para evitar el invierno en las latitudes australes en el Nepal.

 

El Aconcagua, en la frontera de los Andes, entre Chile y Argentina, es la montaña más elevada del continente americano, con sus más de 6000 metros. Fue escalada por el gran Humboldt, aparentemente sin las dificultades que Hillary y Tenzing experimentaron en el 53.

 

El Himalaya, fue forjando a través de millones de años, cuando la península de la India chocó contra el continente y forjó esta cordillera. Una barrera natural de altitudes impresionantes, de un clima gélido, y de pasajes ocultos. Una afrenta más a la capacidad de conquista del ser humano. Los orgullosos nepaleses, que han custodiado sus sagradas montañas por siglos, han sido a su vez conquistados y sometidos por China, perdiendo de esta manera su libertad y autonomía. Sueñan, sin embargo, en que algún día no muy lejano, puedan recuperar su independencia.

 

Con los hermanos Wright, solamente uno de ellos voló la primera vez, aunque celebramos a ambos. Nos hemos podido elevar a alturas inalcanzables por la imaginación hace poco más de un siglo. Cabinas perfectamente presurizadas, oxigenadas, y desde las cuales podemos disfrutar la vista del Himalaya, y casi sentir que nuestros dedos tocan lo que, con tanto esfuerzo, los alpinistas conquistaran hace más de medio siglo.

 

¿Preguntaba qué tan alto es el Everest? Los jets modernos, comerciales, vuelan a una altitud promedio de 10 000 metros, sobre la superficie del mar. Un poco más de un kilómetro de altura, desde la cima del Everest. Así de elevada es esta cordillera.

 

Hillary y Tenzing, descansan para siempre. Inscribieron con letras de oro su nombre en los anales de las exploraciones y conquistas terráqueas, del ser humano. La bandera neozelandesa, parte del desaparecido Imperio Británico, ondea en la cima del Everest.

 

Quedan pocas zonas en la tierra por ser descubiertas, exploradas y marcadas en los mapas de la misma. El Everest, con su envergadura, aún constituye una afrenta al alpinista que intenta conquistar su cima. Poseen mucho mejores instrumentos, vestimentas y adelantos tecnológicos, de los que contaban Hillary y Tenzing. La hazaña, sin restar méritos es semejante. Pero, sólo se llega a la meta por primera vez, en una ocasión.

 

Por ello, Amundsen, Colón, Magallanes, Armstrong y Tenzing y Hillary, son recordados.

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 Rosalynda Cohen

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