Autor:

Enrique Medresh

 

Avraham y Sará, comienzan en esta Perashá una nueva vida en una nueva era de Pacto. Así, Vayeirá arranca tres días después de la circuncisión de Avraham, con la visita de Di-s al anciano y convaleciente Av (Patriarca). Avraham es sin duda considerado en el judaísmo como el primer y más fiel representante de la hospitalidad, generosidad y amor por el prójimo, de modo que, pese a que estaba sufriendo grandes dolores por haberse circuncidado, se sentó fuera de su tienda de campaña en espera de que por allí pase alguien a quien él pueda invitar a su hogar. La Torá describe con detalle una calurosa tarde cuando Avraham vislumbra de lejos a tres beduinos viajando en el calor del desierto –en realidad ángeles disfrazados en misiones diversas: “Tan pronto como [Avraham] los vio, corrió desde la entrada de la tienda para saludarlos y… dijo, Mis señores, si yo encuentro favor ante sus ojos, no ignoren a su siervo. Permítanme traerles un poco de agua; laven sus pies y descansen bajo el árbol. Y permítanme prepararles una hogaza de pan para que puedan refrescarse… Y [ellos] respondieron: ‘Haz como acabas de decir'”. Avraham corre para informar a Sará sobre los invitados y, ambos, de inmediato comienzan a preparar una espléndida comida, la cual Avraham personalmente sirve a los invitados. Después, cuando los hombres continúan su viaje, Avraham los acompaña en el camino hasta verlos partir (Bereishit/Génesis 18:1-16).

El término en hebreo para “hospitalidad” es Hajnasat Orjim, literalmente “traer o introducir invitados”. Por ello, este uso no se refiere únicamente a dar la bienvenida a un invitado, sino que va más allá; implica buscarlo y llevarlo a nuestra casa. Buscando oportunidades para reclutar (“traer”) invitados, nuestras tradiciones señalan que el hogar de Avraham tenía cuatro entradas, lo que permitía a las visitas un fácil acceso, sin importar la dirección de la que vinieran. La Torá da un valor muy especial a esta mitzvá (precepto), dado que desde que sufrimos el exilio en Egipto, hace más de 3,500 años, hemos experimentado en carne propia lo difícil que significa ser extranjeros en un lugar que no nos pertenece.

El texto nos revela que Di-s estaba hablando con Avraham cuando se aparecieron los ángeles con forma humana. Éste se disculpa con el Todopoderoso y va a atender a los viajeros necesitados. ¿Acaso hizo lo correcto? Rabí Yehudá contesta esta pregunta, concluyendo con base en el comportamiento de Avraham “La hospitalidad es más preciada que recibir la Presencia Divina” (Shabbat 127a). Avraham entiende que es mayor su cercanía con el Creador cuando agasaja con misericordia a estos pobres hombres, que cuando acompaña a Di-s.

Del mencionado relato del comportamiento de Avraham, la tradición judía deriva varios principios que entrelazan la hospitalidad y los buenos modales:

Recibamos a nuestros invitados con calidez y entusiasmo. Cuando Avraham vio por primera vez a los tres beduinos caminando por el desierto, corrió a saludarlos. Luego, al extenderles su invitación, él enfatizó que los viajeros lo honrarían si aceptaban su hospitalidad (“…si yo encuentro favor ante sus ojos, no ignoren a su siervo”), así haciendo más cómodo para ellos aceptar su ofrecimiento. Al desplegar tal entusiasmo, Avraham hizo sentir estimados a sus invitados. Debemos tener en mente que sólo después de que los atendió, fue que Avraham se dio cuenta de que los tres hombres eran ángeles con apariencia humana.

Pensemos primero en lo que nuestros invitados más necesitan. Al saber que los hombres habían estado caminando por el desierto durante horas, Avraham les llevó agua para beber y un poco más para que lavaran sus pies. También les ofreció un árbol con sombra —una valiosa comodidad en el desierto— bajo la cual pudieran descansar. Al saber que probablemente tenían hambre, de inmediato les preparó alimentos.

Demos más de lo que prometemos. Al principio, todo lo que Avraham les ofrece es un poco de agua y pan, pero pronto les sirvió un banquete, completo con lengua, cordero y piezas de harina horneada. El Talmud infiere del comportamiento de Avraham que una de las “características distintivas de las personas justas” es que “dicen poco, pero hacen mucho” (Babá Metziá 87). Además hay que tener en mente que decir a los invitados que estamos preparando un banquete para ellos, hará que se sientan incómodos ante tanta cortesía, y estén menos dispuestos a aceptar la invitación. Prometer menos y no más es también un comportamiento prudente; quienes llegan con pocas expectativas son más susceptibles de apreciar todo lo que se les da, en tanto aquellos que llegan con grandes, y posiblemente exageradas expectativas tienden más a enfocarse en todo lo que esperan recibir y no obtienen.

Atendamos personalmente las necesidades de nuestros invitados. Avraham tenía muchos siervos (ver Génesis 14:14), pero él atendió personalmente a sus invitados. De esto aprendemos que incluso si tenemos sirvientes y otros empleados, asegurémonos de hacer algo del trabajo para nuestros invitados con nuestras propias manos. Así podemos encontrar muchos ejemplos de cómo algunos de los más grandes sabios de Israel, dejaron de lado su “honor”, para honrar a sus invitados.

Acompañemos a nuestros invitados en su camino. cuando los invitados de Avraham concluyeron su visita, él caminó con ellos un tramo del trayecto. Mediante tal gesto, dejó en claro que había disfrutado tanto de su compañía que deseaba permanecer con ellos un poco más de tiempo. Igual que Avraham, debemos hacer más que mirar a nuestros invitados desde la puerta; por lo menos, deberíamos escoltarlos hasta la calle o hasta su auto o por lo menos quedar de pie en la puerta de la casa y despedirse de ellos agitando la mano. El libro de Proverbios nos enseña: “es mejor un plato con vegetales donde hay amor que un buey cebado donde hay odio” (15:17). En otras palabras, a todos nos gusta ser invitados a donde sentimos que nuestra presencia es deseada y apreciada.

La cualidad de la benevolencia fue tan valorada por la familia de Avraham, que Rivká fue escogida como esposa de Yitzjak (y segunda matriarca del Pueblo Judío) por su bondad y humanismo, expresada a través de la cálida hospitalidad que ofreció a Eliezer, el fiel siervo de Avraham. Esto se puede apreciar en Génesis capítulo 24.
Varios episodios bíblicos se enfocan en la falta de hospitalidad como indicativo de un terrible carácter. El ejemplo más notorio a este respecto son los ciudadanos de Sodoma. En el capítulo siguiente a aquel en la Biblia en que se describe la amable recepción que hizo Avraham a sus tres invitados, se encuentra la crónica de la destrucción de Sodoma (y las otras a 4 ciudades del valle) a manos del Cielo (Capítulo 19), la cual el profeta atribuye a su falta de empatía hacia los pobres y a los visitantes a su ciudad: “…y no sostuvo la mano del pobre y del necesitado…” (Yejezkel 16:49). El Talmud (Sanhedrín 109b) y los Midrashim relatan historias de horror sobre la crueldad de los ciudadanos de Sodoma hacia los viajeros y necesitados. Igualmente, la Torá expresa su más firme condena a la conducta inhumana de los ciudadanos de Amón y Moab, prohibiendo su ingreso como conversos al Pueblo Judío, incluso hasta después de 10 generaciones, “debido a que no proporcionaron a ustedes [los israelitas] comida y agua en su viaje después de salir de Egipto…” (Deuteronomio 23:5).

Criterios legales y adicionales: Los anfitriones deben mantener una expresión placentera en su rostro. Si el anfitrión se ve ansioso o molesto, aun si la razón es algo no relacionado con la situación, los invitados sentirán que están haciendo algo que ha molestado a aquél (Dérej Éretz Zuta). En un tenor similar, Maimónides nos enseña que “no debemos mirar al rostro a la persona que está comiendo, o a la porción de alimentos [que ha tomado]; no sea que se sienta avergonzada” (“Leyes de las Bendiciones” 7:6). Tal escrutinio provocará que el invitado sienta que sus modales en la mesa se encuentran bajo observación o que nos sentimos molestos por la comida que está ingiriendo; al sentirse incómodo, posiblemente coma menos de lo que desearía. Cuando ocurre un accidente, lo cual es inevitable, y algo de comida se derrama, manchando el mantel o cuando alguna copa se rompe, minimicemos nuestras expresiones de disgusto a fin de que el invitado no sienta vergüenza. Rabí Akiva Eiger (1761-1837), importantísimo erudito talmúdico/legal, era anfitrión durante una comida de cierta festividad cuando un invitado derramó su copa de vino y manchó el hermoso mantel. Un segundo después, Rabí Eiger sacudió la mesa, para así también derramar su propia copa, y señaló: “Esta mesa es muy poco estable”. Esta historia nos recuerda que, además de sensibilidad, se requiere inteligencia e imaginación moral para ser una persona verdaderamente considerada.

Cuando seamos los anfitriones, tratemos de asegurarnos de no decir nada o preguntar a nuestros invitados sobre temas personales o delicados que los pueda avergonzar. Por ejemplo, no hagamos una pregunta a un visitante sobre sus conocimientos, a menos que nos sea claro que es alguien versado en el área de la cual estamos hablando (Séfer Jasidim 684). En resumen, evitemos una situación que dejará a nuestros invitados sintiéndose ignorantes o menospreciados, como podría ser el hablarles de manera condescendiente. De manera similar, si tenemos riquezas, asegurémonos de no presumirlas de un modo que haga sentir a nuestro invitado pobre (aun si lo es sólo en comparación con nosotros). Por otra parte, siempre es sabio preparar comida extra, en lugar de la cantidad precisa que creemos necesitar; evitará que se sientan avergonzados si alguien desea un poco más y ya no hay.
Ofrezcamos alimentos a los invitados de inmediato al llegar a nuestra casa, en particular a aquellos que son pobres o quienes vienen desde muy lejos. Seamos hospitalarios tanto con los “hambrientos” como con los “necesitados”. Una oración recitada al inicio del Séder de Pésaj invita: “Que todos los que tengan hambre vengan y coman; que todos los que sufran necesidad vengan y festejen Pésaj”. La mayoría de las personas interpretan el término “necesidad” simplemente como un sinónimo de “pobreza que conduce al hambre”, pero la necesidad también puede referirse a gente que está sola y no tiene con quien compartir la celebración. En las comunidades judías relativamente ricas de nuestros días, tal vez haya más judíos solitarios que pobres. Pensemos en los ancianos, las viudas, los divorciados, los segregados sociales y aquellos que quizá tengan un estatus social bajo. Incluso pensemos en personas solteras que vienen a trabajar o estudiar a nuestra ciudad. Por ello, cuando hagamos nuestra lista de invitados, pensemos en aquellos que, si no son invitados, cenarán acompañados de la soledad.

Rav Yojanán Zweig Shlit”a, gran Sabio norteamericano, revela que es importante que entendamos que invitar a nuestros amigos y conocidos para disfrutar juntos de la comida y de la mutua compañía, es algo positivo y bueno, a lo que podríamos considerar como socializar, pero que no cumple por completo con el objetivo de la hajnasat orjim. Como expresó Jaim Weizman: “Las únicas personas que son normalmente invitadas a almorzar son quienes ya tienen un lugar para comer”. Lo que se requiere es cristalizar el exhorto del Talmud “Que tu casa esté abierta de par en par, y que los pobres sean miembros de tu casa” (Ética de los Padres 1:5).

Un consejo de sentido común que ayudará de manera más satisfactoria y placentera tanto a anfitriones como a invitados a llevar a cabo este precepto es que permitamos que nuestros invitados, cuando la idea surge de su iniciativa, nos ayuden a preparar la comida o lavar los platos u ordenar de nuevo la casa. Hacer esto no sólo hará nuestra vida más fácil, sino que nos ayudará a evitar la sensación de temor que se apodera de nosotros cuando los invitados se van y toda la casa está en un caos. Esto hará que nuestros invitados se relajen un poco más a aceptar nuestra hospitalidad, y se sientan más en confianza e incluidos dentro de nuestra familia.

Otro punto a considerar es que, normalmente, el esposo se siente feliz de sentarse a la mesa y conversar con los visitantes, cuando en realidad el trabajo de cocinar, servir, limpiar y realizar otras labores recae primordialmente sobre la esposa, lo cual puede ser abrumador. Por ello, la hospitalidad debe ser entendida como un proyecto en el cual debe involucrarse la familia entera, y en el cual la participación de cada miembro de la familia es fundamental. Si la carga de trabajo recae solo sobre unos pocos miembros de la familia, posiblemente no solamente estarán demasiado ocupados para disfrutar de sus invitados, sino que incluso pueden llegar a resentirlos. Igualmente, es importante ofrecer nuestro reconocimiento y agradecimiento a los miembros de la familia que trabajan en la preparación del Shabbat; así como recitamos el Bircat haMazón, la Oración de Gracias, al terminar la comida, también debemos mostrar nuestro reconocimiento a todos los que ayudaron a preparar los alimentos
De la misma manera en que hemos señalado las conductas adecuadas para tratar a los invitados, el invitado también tiene deberes que cumplir, si es que quiere corresponder a aquellos que se han salido de su camino para agasajarlo. Empezando con la gratitud, el criterio que el Talmud aplica para distinguir a los buenos invitados de los malos es: “¿Qué dice un buen invitado? ‘¡Cuántos esfuerzos ha realizado mi anfitrión por mí! ¡Cuánta comida ha puesto delante de mí! ¡Cuánto vino me ha traído! ¡Cuántas viandas me ha servido, y todo esto ha sido sólo por mi bienestar!’ Contrastando con lo anterior, ¿qué dice un mal invitado? ‘¿Cuál esfuerzo ha hecho este anfitrión por mí? ¡He comido sólo un trozo de carne y he bebido sólo una copa de vino! Si mi anfitrión se afanó, fue sólo por el bien de su esposa y de sus hijos'” (Berajot 58a).

Pensemos en todos los esfuerzos que nuestros anfitriones han hecho por nuestro bienestar. Si han sido generosos con nosotros en proporcionarnos su hospitalidad, entonces seamos generosos con ellos y expresemos a ellos nuestra gratitud. En el Bircat haMazón se incluye una oración especial para que los invitados la reciten por el bienestar de sus anfitriones: “Que el Misericordioso bendiga al amo de esta casa, a la ama de esta casa, tanto a ellos como a su casa, su familia y todo lo que es de ellos”. El Talmud nos ofrece una versión modificada de la bendición para los anfitriones: “Sea la voluntad de Di-s que mi anfitrión no sea avergonzado en este mundo o humillado en el Mundo por Venir” (Berajot 46a). Rabí Yehudá añadió a esto: “Y que tenga mucho éxito con todas sus posesiones”. Maimónides señala que un invitado puede también incluir una bendición personal para sus anfitriones (“Leyes de las Bendiciones” 2:7).

Si alguien nos ha mostrado su hospitalidad con calidez, después de que salgamos de esa casa preguntémonos: ¿qué podemos hacer por estos anfitriones? Podemos escribirles una carta o un correo electrónico, o llamémosles por teléfono. Cuando expresemos nuestra gratitud, hagámoslo de una manera específica: señalemos, por ejemplo, una comida que nos haya agradado particularmente o algo en la conversación que resultó de importancia para nosotros. Si en la conversación se habló de algún libro que a nuestro anfitrión le pareció interesante, pero que no ha podido leer, comprémoslo para él.

Por el contrario, no seamos desagradecidos. Nunca usemos información que conozcamos respecto a nuestros anfitriones para dañar su buen nombre. A menudo, mientras pasamos una tarde en la casa de alguna pareja, los invitados percibimos ciertos aspectos de lo que “se cuece en la olla” de esa casa. Algunas veces esta información es tanto íntima como negativa, y los invitados empiezan a esparcir rumores o un “análisis del carácter” de sus anfitriones después de haber sido agasajados. Pocas cosas parecen más injustas que aceptar la hospitalidad de unas personas, agradecerles y luego, peor que espías, utilizar la información que hemos adquirido en su casa para criticarlos o esparcir información vergonzosa respecto a ellos; puede resultar algo muy doloroso para el anfitrión.
Otras muestras de cortesía: a) No nos aprovechemos de la hospitalidad de nuestros anfitriones al llevar a otro invitado, y mucho menos sin su permiso (Babá Batrá 98b). Si deseamos llevar a otra persona, verifiquemos primero con nuestro anfitrión si podemos hacerlo y no lo presionemos para que acepte. b) El Talmud nos permite desviarnos de la verdad (ie. mentir) cuando los alimentos no sean de nuestro total agrado. Así, cuando a Rabí Yehoshúa Ben Jananiá le sirvieron un alimento que no le gustó, y el anfitrión, al notar que había dejado la mayor parte de la comida sobre el plato, le preguntó: “¿Por qué no comió?”, él respondió: “Comí más temprano” (Eruvín 53b). c) Al visitar la casa de otra persona, no nos quedemos mucho tiempo. El Midrash habla de algunos invitados que son recibidos el primer día con manjares, el segundo día con carne ordinaria, y cada día subsecuente con comida de menor calidad, hasta que les sirven sólo vegetales. d) Incluso si somos reservados por naturaleza, hagamos un esfuerzo por ser sociables. Así como los invitados se sienten incómodos cuando el anfitrión no hace ningún esfuerzo para iniciar la conversación, los anfitriones se sienten mal cuando sus invitados son demasiado callados y parecen retraídos. Por tanto, cuando nuestro anfitrión hable, interactuemos y no respondamos con monosílabos. En ocasiones, el pago que el anfitrión quiere, es ser escuchado, así como escuchar nuestras palabras. e) Una forma garantizada para alegrar a nuestros anfitriones es mostrar interés en sus hijos (Pelé Yoetz, “Invitados”) y hallar aspectos sobre ellos por los cuales hacer cumplidos a sus padres. f) El Talmud nos ordena no alabar demasiado a nuestros anfitriones frente a otras personas. Si nuestros anfitriones fueron generosos y se preocuparon por nosotros, limitemos la información, así como el número de personas a quienes informamos de esto, a fin de evitar que alguien llegue a aprovecharse de su generosidad (ver Babá Metziá 24a).

La Torá nos da dos ejemplos de cómo grandes personajes correspondieron a la hospitalidad que les fue brindada. Uno de ellos es el Rey David, quien estando a punto de morir, pidió a su hijo Salomón, que se asegurara de que los hijos de Barzilai “se hallen entre aquellos que comen a tu mesa”, porque “[junto con su padre] me dieron la bienvenida cuando huía de tu hermano Absalón” (Samuel II, 17:7-29 y Melajim I, 2:7). Otro relevante ejemplo es el del profeta Elisha, quien, al viajar, en ocasiones pasaba por la ciudad de Shunem. Allí había un matrimonio que le daba albergue sin pedir nada a cambio. Cuando Elisha se enteró que la mujer no había tenido hijos, la bendijo “Para esta época el próximo año, tú estarás abrazando a un hijo”. Años después, en otro incidente, Elisha salvó la vida de este niño. Los Sabios sugieren que este niño, al crecer, se convirtió en el profeta Yoná.

Últimos pensamientos: No nos refrenemos de ofrecer nuestra hospitalidad por temor a no tener los recursos suficientes para atender a nuestros invitados con abundancia: “Nadie está obligado a servir a sus invitados carne y vino”, nos recuerda el Sefer Jasidim (número 56). Por tanto, sólo sirvamos lo que podamos ofrecer. El principal requisito para cumplir la mitzvá de la hospitalidad es ser hospitalario.

Un caso extremo de Hajnasat Orjim es el de recibir refugiados de otros países. Tres mil años antes de que la Suprema Corte de los Estados Unidos decretara que los esclavos que huían hacia la libertad debían ser devueltos a la esclavitud mediante la fuerza (Ley Dred Scott, 1857), la Torá ordenó precisamente lo opuesto: “No devolverán … a un esclavo que busca refugio con ustedes de su amo. Vivirá con ustedes en cualquier lugar que él elija de en medio de ustedes, donde a él le plazca; ustedes no deben maltratarlo” (Deuteronomio 23:16-17). Esta ley bíblica parecería proponer el otorgamiento del asilo político para aquellos que huyen de los regímenes dictatoriales y totalitarios. En ese espíritu, el primer acto de Menajem Beguin como Primer Ministro de Israel fue el de recibir 400 refugiados vietnamitas. El Estado de Israel ha mostrado su gran humanidad en múltiples ocasiones, dando asilo a decenas de miles de refugiados que ninguna otra nación ha querido admitir.

En el Talmud se registra que Rabí Huna, abría la puerta de su casa y anunciaba: “Que cualquiera que tenga la necesidad, venga y coma” (Taanit 20b). Este comportamiento tal vez no sea prudente hoy en día; la hospitalidad conlleva ciertos riesgos, ya que es imposible saber lo que sucederá durante el encuentro, por lo que siempre debemos tomar precauciones. Pero lo que sí podemos hacer, es pensar en formas de que nuestra comunidad reciba a personas necesitadas, y colaborar como voluntarios en un comedor comunitario donde todos los que tengan hambre sean invitados a comer. Debemos reflexionar que la mitzvá de hajnasat orjim enriquece nuestra vida, pues no sólo se trata de hacer sentir bien a nuestros invitados, sino de que, al unirnos a ellos, traemos armonía al mundo. Y como siempre, la mejor educación que podemos dar a nuestros hijos es a través del ejemplo.

 

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

El ex Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu obtuvo una rotunda victoria en los comicios electorales, con una holgada mayoría para formar un Ejecutivo, y recuperar el poder tras más de un año en la oposición.

 

EDITORIAL DEL 15 DE NOVIEMBRE

 

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