Autora: Esther Shabot*

 

La ola del ultranacionalismo excluyente se esparce ominosamente en distintas regiones del planeta. Los populismos son evidentemente uno de sus más eficaces nutrientes. Trump fue uno de sus representantes más conspicuos y su influencia fue determinante para dar legitimidad a muchos otros movimientos políticos y religiosos que tomaron la misma bandera, exaltando lo propio fervorosamente para con el mismo fervor denigrar, descalificar y discriminar lo distinto. El ser mayoría en un determinado espacio geográfico ha propiciado el destape de una serie de narrativas estigmatizadoras de las minorías que residen en su seno, como si éstas representaran una amenaza intolerable en razón de sus diferencias fisonómicas, culturales y religiosas.

 

La homogeneidad demográfica se ha convertido en una peligrosa aspiración que no se ha quedado en el discurso, sino que ha sido el detonante de una guerra abierta contra el pluralismo y la diversidad. Así como en amplias regiones del mundo musulmán se ha pretendido borrar la presencia de infieles (recuérdese como caso extremo el programa enarbolado por el Estado Islámico o ISIS, el cual pretendió establecer un califato islámicamente puro o el brutal decremento de población cristiana en países como Irak y Egipto), también se están multiplicando pulsiones similares en agrupaciones y partidos políticos de la civilizada Europa, donde cobran fuerza corrientes políticas basadas en criterios similares, sólo que en esos casos, los no cristianos son los rechazados o estigmatizados, con particular propensión al antiislamismo y al antisemitismo.

 

India, cuyo primer ministro es, desde hace siete años, Narendra Modi, del partido Bharatiya Janata, está destacando como ejemplo de los extremos a los que el ultranacionalismo alentado por políticas populistas puede llegar. En un lapso relativamente corto, la religión hinduista de la mayoría se ha convertido en el valor supremo nacional. La democracia india parece estar cediendo ante el impulso de las fuerzas que pugnan por establecer en su lugar una teocracia, gracias al aliento brindado a ese proyecto por la cúpula gubernamental.

 

India es un país con una población inmensa de mil 400 millones de habitantes. De ellos, 200 millones son musulmanes y sólo 2.3% del total está conformado por una pequeña población cristiana. En los últimos años se han ido acrecentando la discriminación y la violencia contra ambas minorías, mientras el gobierno no sólo mira hacia otro lado, sino que contribuye activamente a atizar los fuegos, con la pasividad complaciente de otros partidos políticos que prefieren guardar silencio ante lo que está pasando, cautelosos de que no se les tache de traidores o cómplices del bando enemigo.

 

El discurso antimusulmán pregonado por los seguidores de Modi consiste en afirmar que los musulmanes deberían tener un status de ciudadanos de segunda clase, ya que se les atribuye la culpa de la partición de India en 1947. En 2002 se desataron disturbios por los que cerca de mil musulmanes fueron asesinados en Gujarat, y esa violencia no ha cedido, sino que permanece e incluso aumenta. En una ciudad colindante con Delhi, musulmanes han sido linchados o criminalizados por poseer carne de res u ocuparse de negocios que tienen que ver con artículos de piel. Se les ha impedido mediante la fuerza realizar sus rezos de los viernes, al tiempo que se recitan o entonan cantos religiosos hindúes a modo de amenaza.

 

Con la proporcionalmente minúscula población cristiana las cosas no están siendo muy diferentes. Las celebraciones decembrinas han sido precedidas por estallidos de violencia que arrancan de la misma obsesión de purificar al país de los no hinduistas. Los cristianos han pasado a ser, desde esa óptica, un potencial enemigo. El día de Navidad hubo vandalismo contra iglesias cristianas en diversas localidades, y en el estado de Haryana una estatua de Jesús fue derribada con violencia. La avalancha de odio está cobrando cada vez más fuerza. En sitios muy cercanos a Nueva Delhi, grupos de militantes de la línea política de Modi han aparecido en público extendiendo un brazo y haciendo un juramento escalofriante: “Hasta nuestro último aliento, lucharemos y hasta moriremos si es necesario, para hacer a este país puramente hinduista”, mientras se elogiaba el modelo de limpieza étnica practicado en Myanmar contra los Rohinyá.

 

Lo que agrava más esta situación es que en los días subsiguientes ningún líder político de la oposición emitió condena alguna y cuando la hubo, varios días después, no hubo ninguna consecuencia para los diseminadores de las amenazas. La democracia constitucional que oficialmente rige a India está en riesgo de ser arrollada por un ominoso modelo teocrático discriminador, represor y violento. El huevo de la serpiente ahí está, y sus vástagos, por desgracia, pueden encontrar tierra fértil para desarrollarse en muchas otras partes del mundo.

 

*Editorialista del Diario Excélsior

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