Autor: Esther Shabot *

 

Está programado un viaje del presidente Biden a Oriente Medio en este junio, el primero a esa región desde que ocupa la Casa Blanca. Además de ir a Israel y a la Autonomía Palestina, visitará Arabia Saudita, marcando con ello un cambio radical en la postura que al inicio de su ges¬tión asumió hacia ese país. A diferencia de la cordial relación que Donald Trump tuvo con el príncipe Mohammad Bin Sal¬man (MBS), Biden siempre condenó no sólo el asesinato en Estambul del periodista saudita-estadunidense Jamal Khas¬hoggi, presuntamente ordenado por MBS, sino que ha sido un crítico severo de las innumerables violaciones a los derechos humanos de las que continuamente es acusado el gobierno saudita.

Tan sólo hace unas cuantas semanas comentamos en este espacio la ejecución en un solo día de 81 personas, acusadas de participación en actividades terroristas y de desestabili-zación del reino. Tales acusaciones encubren la maniobra de deshacerse de disidentes políticos y defensores de los dere¬chos humanos que se atreven a cuestionar o criticar al régimen vertical y autoritario encabezado por MBS.
Desde el inicio de su Presidencia, Biden no se dejó impre¬sionar por los cambios modernizadores que gota a gota había estado aceptando el joven príncipe –como haber permitido a su población femenina conducir automóviles y entrar a los estadios deportivos–, ya que para el mandatario de Estados Unidos pesaba mucho más la mano de hierro con la que la monarquía rige los destinos de su gente. Por tanto, durante este primer año y medio del mandato de Biden, prevaleció oficialmente un trato frío y distante de parte del gobierno de EU hacia Arabia Saudita.
¿Qué es lo que ha modificado la situación para que ahora la visita a Riad se lleve a cabo? Se trata de varias realidades. A pesar de que las actuales preocupaciones prioritarias de Biden giran alrededor de Rusia y China, EU no quiere seguir pro¬yectando la imagen de que se ha retirado del Oriente Medio dejándolo a merced de otras fuerzas internacionales, es decir, pretende volver a ser un jugador relevante en esa región. Por otro lado, las dificultades para llegar a un acuerdo con Irán en el largo y accidentado intento de restablecer el acuerdo nuclear conocido como JCPOA, abandonado por Trump, ha renovado la suspicacia de la Unión Americana acerca de las intenciones de Teherán, quien, por cierto, muestra cada vez menos disposición a regresar al acuerdo si no se aceptan al¬gunas condiciones sobre las que Washington no está dispuesto a ceder. Cierta coordinación con el gobierno árabe de Riad se presenta así como conveniente y hasta necesario para enfren¬tar el desafío de un Irán desbocado.

También le interesa a Biden impulsar el fin de la cruenta guerra civil en Yemen dentro de la cual, Arabia Saudita ha sido un actor relevante. Mantener la tregua que prevalece desde hace dos meses y llegar a un acuerdo diplomático para acabar con el desastre humanitario que aqueja a Yemen, desde hace años, es hoy uno de los objetivos regionales de Biden.

Otra jugada que se especula que podría estar en el cálculo de la política exterior de Biden referida a Oriente Medio, sería la de maniobrar durante su próxima visita a MBS a fin de am¬pliar los Acuerdos de Abraham, mediante la incorporación a ellos de Arabia Saudita. Por lo pronto, Emiratos Árabes Unidos y Baréin ya tienen relaciones diplomáticas plenas con Israel e, incluso, el primero acaba de firmar un acuerdo de libre co¬mercio con el gobierno israelí. El que Jerusalem y Riad hicieran oficialmente las paces sería un parteaguas en la historia regio¬nal, y tal vez eso no esté demasiado lejos porque se sabe que docenas de hombres de negocio israelíes han estado en estos días en el reino saudita con el propósito de tejer relaciones de intercambio comercial y tecnológico.

Finalmente, está la invasión rusa a Ucrania con los efectos derivados de las sanciones impuestas a Rusia, que han tras¬tornado el abasto internacional de petróleo y gas. El mundo padece hoy una aguda crisis energética que ha llevado a una elevación exorbitante de los precios dada su escasez. En este contexto, una de las alternativas para resolver el problema es¬triba en convencer o presionar al gran productor que es Arabia Saudita, de elevar al máximo su producción para satisfacer la demanda mundial y así reducir significativamente sus precios.

Hace un par de días, la OPEP anunció un aumento en su producción de petróleo de 648 mil barriles diarios, pero tal cantidad dista mucho de satisfacer al mercado, por lo que con-seguir un incremento marcadamente mayor en el flujo pe¬trolero proveniente de la península Arábiga resulta de suma importancia para reducir precios e incidir así en un mejor con¬trol de los procesos inflacionarios que se viven a nivel mundial. Sin duda, Biden se ha trazado objetivos ambiciosos al planear su viaje a Oriente Medio. Ojalá los consiga.

*Editorialista de El Financiero

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

En días pasados se firmó en el Mifgash la histórica declaración de Cancún.

Mifgash es un encuentro planeado de un grupo de lideres comunitarios para tratar temas de interacción social entre judíos de la Diáspora e Israel.

 

                      

EDITORIAL DEL 15 DE JUNIO

 

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