Autor: Esther Shabot *

 

Las secuelas de la pandemia, aunadas a las repercusiones que está teniendo a nivel global la invasión rusa a Ucrania, están siendo la puntilla para demoler lo poco de funcional que tenían algunos países, corroídos desde tiempo atrás por el desgobierno y la corrupción. En el Oriente Medio, el caso de Líbano es emblemático de cómo una nación que en otros tiempos brilló por su empuje y desarrollo, fue despedazándose a lo largo de la última década hasta llegar a una crisis de dimensiones extraordinarias. Crisis de gobernabilidad, económica y humanitaria. Crecimiento de la violencia y el crimen, devaluaciones constantes, bancos en quiebra, fuga de cerebros, éxodo masivo de quienes consiguen reubicarse en otros horizontes, y condiciones de vida extremadamente precarias para la población mayoritaria, atrapada en un callejón sin salida.

Una muestra representativa de la profundidad de la crisis libanesa la da la UNICEF en su último reporte de hace unos días, donde presenta el grado de empeoramiento de la salud materno-infantil. Revela, por ejemplo, que el número de muertes de mujeres por complicaciones del embarazo y el parto se ha triplicado en los últimos tres años, elevándose entre 2019 y 2021 de 13.7 a 37 muertes por cada 100 mil nacimientos. La covid-19, junto con el hecho de que 40% de los médicos y 30% de las parteras abandonaron el país, es señalada como responsable de buena parte de este deterioro. Otro aspecto ha tenido que ver con la elevación del costo del transporte y otros servicios a causa de las devaluaciones. De igual manera, la cancelación de subsidios a energéticos y medicamentos ha dejado a los servicios de salud fuera del alcance de numerosas familias.

Los niños son también víctimas de la crisis, en especial, los hijos de los refugiados sirios. Líbano alberga 1.5 millones de desplazados sirios –son ya una cuarta parte de la población total libanesa– y la fragilidad de esos infantes se ha agudizado ya que, según la UNICEF, un tercio de ellos no ha tenido acceso a servicios de salud. De ahí que el número de niños muertos dentro de las cuatro semanas posteriores al nacimiento se duplicó en el curso de seis meses.

No sólo la vacunación contra covid ha sido muy lenta y escasa en Líbano, sino que también la vacunación infantil en general –en otros tiempos eficiente– ha declinado, dejando a miles de niños en riesgo de padecer enfermedades prevenibles como sarampión y tuberculosis, con la consiguiente angustia de los padres al no encontrar manera de escapar de tal vulnerabilidad.

Es evidente que México y Líbano son países con características muy distintas en muchísimos sentidos. Sin embargo, en los temas de salud pública como los arriba comentados, asoma un buen número de similitudes. Tenemos reportes basados en estudios serios de que en los últimos tres años, México ha visto crecer de manera desmedida las cifras de muertes materno-infantiles, no sólo por covid.

Sabemos que esas tragedias han tenido mucho que ver también con factores adicionales como la drástica reducción de los presupuestos destinados a servicios de salud, el desabasto de medicamentos y la cancelación del Seguro Popular como parte de las políticas irresponsables y corruptas puestas en práctica por el gobierno federal. De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud, en 2020 se registraron 31.1 muertes maternas por cada 100 mil nacimientos, y para 2021, la cifra fue de 53.1 por 100 mil, un aumento de 87 por ciento.

Seguimos enfrentando también el problema del desabasto de los medicamentos contra el cáncer que hasta la fecha no se ha resuelto para muchos de los niños que padecen esa enfermedad, y cada vez somos más conscientes de que la eficiente vacunación general de la población infantil que se aplicaba en el pasado, ha desaparecido por efecto de las torpes políticas públicas implementadas en estos últimos tres años. ¿Cuántos niños y niñas sufrirán padecimientos que estaban prácticamente erradicados y que ahora resurgirán inevitablemente?

En el rubro de la salud pública, Líbano es un buen espejo en el cual mirarnos. Ahí están registrándose tragedias que son bastante similares a las de México. Desde luego que las dimensiones demográficas de uno y otro país son absolutamente incomparables, pero sí lo es el grado de ineptitud y corrupción de las autoridades que en ambas naciones tenían la responsabilidad de cuidar a sus respectivas poblaciones y fallaron miserablemente. Ojalá llegue el día en que se vean obligadas a rendir cuentas.

*Editorialista de El Financiero

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Después de un periodo de tres años debido a la pandemia del covid 19 se reanuda la Marcha de la vida.

 

                      

EDITORIAL DEL 15 DE MAYO

 

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