Autor: Boris Diner

 

Estimados lectores hoy, dados los cambios que se han venido dando en nuestro entorno creí conveniente salir un poco de la temática que vengo manejando y hablar un poco mas sobre como ver y entender este nuevo mundo que se nos presenta.

 

Cuando a principios del siglo pasado el banquero estadounidense J.P. Morgan (quien terminaría entre los hombres más ricos de la historia) dijo que diferencias de ingresos entre ricos y pobres por encima de 20:1 serían inapropiadas, no se habrá imaginado que en 2015 el mexicano más rico obtuviera un ingreso de casi medio millón de veces lo que gana un trabajador promedio en México. Ni que en las grandes empresas mexicanas que cotizan en la bolsa hoy día fuera común tener razones de ingreso entre altos ejecutivos y trabajadores promedios de más de 1,000 veces. Otras épocas vieron revoluciones sangrientas cuando el pueblo decidió que quería más pan (en vez de los pasteles imaginarios de María Antonieta, o el circo de Nerón). Parece inconcebible. ¿Cómo se puede explicar que hoy, a pesar del amplio consenso científico sobre sus costos sociales y económicos, se tolere la desigualdad en esos niveles?

 

Resulta que la creencia de que cada persona percibe el ingreso que se merece justifica brechas enormes entre ingresos altos y los demás. Hay sistemas para fijar ingresos (o cualquier bien socialmente valioso, como riqueza, estatus, poder) donde uno se “merece” lo que tiene porque así lo decidieron los dioses en turno (teocracia), la casta/clase en la que uno nació (aristocracia), o la santa suerte (Fortuna para los romanos). En estos modelos, para hacerse rico, ayuda bastante empezar siendo rico (o muy suertudo); rey se vuelve el que, como tal, nace. Como sistema distributivo el “derecho divino” pudiera parecer injusto a quien crea en otros dioses, y la “suerte de cuna” resultar poco motivadora para quien se dé cuenta de haber nacido en el hogar equivocado.

 

Una meritocracia, en cambio, distribuiría los ingresos basados en el talento, esfuerzo y la dedicación de los individuos; es decir, su propio mérito. Coloquialmente conocida como “echaleganismo”, la ideología meritocrática distingue entre los factores que son responsabilidad del individuo, y aquellos que no, para postular que a personas particularmente talentosas y/o diligentes se les otorgará un premio (pecuniario) justo. Es una narrativa halagüeña para los perceptores de ingresos altos. Poco sorprende, por lo tanto, que sea la explicación predominante que encontré en mis estudios entre las élites mexicanas.

 

Un empresario confirma esta perspectiva de un sistema económico justo que ‘motiva’ a los individuos a competir y superarse constantemente. Explica que el hecho que tal modelo sancione una distribución de ingresos inequitativa no es un problema si logra asegurar un piso mínimo para los pobres:

 

“Siempre va a haber [desigualdad] porque las personas son diferentes, cada uno hace diferentes cosas; los mercados no todas las actividades las evalúan y compensan igual. Tiene que haber incentivos para que tú le eches más ganas que los demás. Es naturaleza humana que haya desigualdad. Porque uno es más inteligente que el otro. O tuvo más suerte. Y está bien que exista. Consiguió entrar al trabajo, es competente por lo tanto “se lo merece”. Lo que hay que entender es que “ni modo, es pobre pero no se está muriendo de hambre, tiene chamba”.

 

Esta convicción está profundamente internalizada por la sociedad mexicana y sus élites. Entonces, desmontar su discurso meritocratista sobre ingresos justos sirve para entender la perpetuación de la desigualdad.

 

En los siglos XII y XIII, Venecia fue la ciudad más rica de Europa. Ubicada en un pantano poco prometedor, superó sus desventajas geográficas, entre otras cosas, abrazando el talento de sus ciudadanos. Donde el resto del continente estaba bajo el yugo de monarcas y gobernantes hereditarios, Venecia estaba gobernada por un dux elegido que estaba dirigido por un consejo de barbas grises. Las instituciones de la ciudad promovieron a los trabajadores sobre la base de la capacidad, mientras que los marineros venecianos ganaron alcance marítimo e invirtieron sus ganancias en la construcción de la ciudad. Pero a principios del siglo XIV, las élites de La Serenissima cambiaron su enfoque. Al darse cuenta de que la movilidad social requería un movimiento ascendente y descendente, un grupo de familias poderosas buscó preservar el status quo y comenzó la serrata, el cierre. Los migrantes ya no eran bienvenidos. El comercio quedó bajo control estatal. La población se contrajo. La era de la preeminencia de Venecia había terminado.

 

Ahora bien, aunque generalmente echarle ganas pueda ayudar para mejorar resultados, esto no es un criterio suficiente —para las élites mexicanas, necesario sí. Se debe a dos fallas del discurso meritocrático: primero, es imposible delimitar inequívocamente dónde termina el mérito personal y dónde empieza el colectivo. Por ejemplo, suponiendo que los CEOs de las grandes empresas mexicanas fueran 1000 veces más motivados (o talentosos) que el trabajador promedio, ¿se les debe responsabilizar individualmente por haber logrado estos resultados? ¿Habría que compensar a sus padres por inculcarles estos valores, o pasarles sus genes? ¿O más bien sería responsabilidad de la sociedad que les enseñó a desarrollar ciertos rasgos de su personalidad? Eventualmente, bajo la lógica de compensar talento y dedicación, ¿quién se merecería sus legados? Es difícil evitar cierta arbitrariedad decidiendo hasta qué punto uno nace, se hace, o es hecho, exitoso. Además, lo que una sociedad considere meritorio en sí es idiosincrásico; un gran talento para cuidar a niños pequeños en un jardín de niños no necesariamente se reflejará en el ingreso de la misma forma que aquel para fusionar instituciones financieras.

 

El segundo problema del discurso meritocrático es empírico: no es cierto. En un contexto que permite herencias, la acumulación de patrimonio desnivela el punto de partida de los individuos a través de las generaciones, distorsionando la igualdad de oportunidades. A pesar de la vasta creencia de que el ingreso es fruto del esfuerzo, la cantidad de ganas echadas no es proporcional al éxito obtenido.

 

Esto no es para decir que los ricos no le echen ganas —sin duda, la mayoría trabaja muy duro (al igual que todos los demás). Pero esto no explica su nivel de ingresos. Los reportes científicos confirman que aún con todo el esfuerzo que la gente pudiera invertir, el 74% de las personas que nacen en pobreza en México nunca salen de ella. Por el otro lado, con o sin ganas, aquellos que nacen ricos no sólo casi nunca pierden su posición (<2%), sino que también heredan su privilegio a sus hijos. Es decir, los orígenes socioeconómicos están estrechamente ligados a los destinos. En otras palabras: ser rico es caro… pero paga.

 

Como dijo el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en su libro “El Precio de la Desigualdad,” expone la mentira de la “meritocracia” y la teoría del “esfuerzo personal”, señalando que el 90% de los que nacen pobres mueren pobres por más esfuerzo o mérito que hagan, mientras que el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, independientemente de que hagan o no para ello.

 

Según mis colegas y amigos, la clave para revertir esta inmovilidad se encontraría en la educación. Sin embargo, la expansión educativa masiva de las últimas décadas no logró más igualdad; al contrario, nunca hubo tanta gente accediendo a la educación en México como hoy, mientras que la desigualdad está por encima de sus niveles de los 80’s.

 

No es la educación la que crea acceso al privilegio; más bien, lo aumenta. Sumándose a la naturaleza desigual del sistema social dualista público-privado, una sigilosa “elitización tremenda” de los servicios privados crea una jerarquía dentro de este sector, como describe un alumno: “No es lo mismo ir al Hospital ABC que a otro hospital privado de nivel bajo. No es lo mismo ir al ITAM, donde yo estudié, que a otra universidad privada no reconocida. De entrada, [varía] la calidad de los maestros y el conocimiento.”

 

Sin embargo, la superioridad percibida de las instituciones privadas tiene menos que ver con una calidad de enseñanzas formales dentro del curriculum académico. Más esenciales son conocimientos aparentemente mundanos que ayudan para ubicarse en un mundo de élite. Por ejemplo, los abogados en ciernes aprenden sobre los cortes de cabello y trajes adecuados a su estatus; comportamientos “correctos” en situaciones de entrevista; indicadores para estimar el nivel socioeconómico de un interlocutor basado en su apariencia; actitud confiada, habilidades retóricas y autopromoción efectiva, etcétera. Como dice Robert Kiyosaki vivimos en un sistema escolar y empresarial “…creado para hacer consumidores y empleados para los ricos.”

 

El mito de la meritocracia, entonces, no sólo es falso sino también es injusto. Acepta una diferencia de ingresos sistemática ignorando que el privilegio, en vez de distribuirse de forma aleatoria a través de una población, es acumulativo: la suerte es atraída por los suertudos.

 

Considerando esta configuración del “mérito”, la meritocracia termina siendo el mecanismo preciso para la transmisión dinástica de la riqueza y el privilegio de una generación a la siguiente. Lo insidioso del discurso es que, conforme más refleje la riqueza la distribución del talento natural y los ricos se casen entre sí, más la sociedad se termina ordenando en dos clases principales, ambas aceptando que tienen (más o menos) lo que se merecen.

 

Para mí, como para Wooldridge, la corrupción de la meritocracia es una tragedia. Basar el avance en el talento y la competencia abierta, y eliminar la discriminación y brindar igualdad de oportunidades para todos, es la mejor manera de conciliar los requisitos de la sociedad para ser eficiente y justa, moral y diferenciada.

 

Pero debo reconocer que hoy en día en México, esto es ilusorio. Al igual que Venecia, muchas economías poderosas gradualmente llegaron a adoptar la meritocracia como su principio rector, solo para permitir que los meritócratas exitosos manipularan sus sistemas, lo que creó focos de resentimiento e ira. Quizá esta frustración, es la que impulsó a Donald Trump a la Casa Blanca y sacó al Reino Unido de la UE y puso a Lopez Obrador al frente de México.

 

Como empresario y académico, estudio por qué la desigualdad es mala para el rendimiento económico, porque yo creo que la economía en su conjunto paga un alto precio por la desigualdad.

 

¿Por qué países como México crecen más despacio y de manera menos sostenible? Incluso al 1% más pudiente debería preocuparle la desigualdad, por su propio interés. El periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial fue el de más rápido crecimiento económico y el de crecimiento más igualitario. Existe un amplio consenso en torno a que ambos hechos estaban relacionados. Es decir, que fue el periodo de crecimiento económico más rápido precisamente porque las ganancias se compartieron.

*Chairman en The Entourage Bussiness Club

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 Rosalynda Cohen

Dentro de las Efemérides que conmemoramos esta quincena está el Día Internacional para la Tolerancia…

                      

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