Autor: Salo Grabinsky

3a parte y última

 

Los últimos tiempos han visto renacer uno de los peores instintos de algunos seres arrogantes, que al acceder a una posición pequeña o grande se contagian de ese afrodisiaco llamado “el poder”; se convierten en personas prepotentes, dictatoriales y sobre todo causan problemas de toda índole a aquellos que tienen el dudoso placer de estar bajo su mando.
Sigo sin entender por qué una persona razonablemente recta y de buen carácter se transforma en un tirano y goza de su situación de poder para dar instrucciones, fijar políticas o manejar a sus subordinados de manera inaceptable y humillarlos sin razón. Se le sube este poder a la cabeza, los nubla y se sienten seres superiores, sin hacer la más mínima introspección y autocrítica.
Este fenómeno es común en todos los ámbitos, desde la familia disfuncional hasta los ejecutivos arrogantes y, claro está hasta en instituciones, o en el ambiente político de cualquier ideología.
Tengo en mi experiencia varios ejemplos aberrantes: El supervisor de una fábrica que ejercía su derecho de contratar o promover a obreras que se plegaran a sus sórdidos deseos y así utilizar su ínfimo poder sin que nadie lo señalara y enjuiciara. O aquel jefe en una oficina burocrática que se rodeaba de familiares, amantes y gente que lo proteja o solape, y así actuar como un pequeño señor feudal, cuidando de no hacer olas, lograr su jubilación y mientras esperar ansiosamente el hueso de un nuevo puesto.
El poder nubla la mente y permite que el que lo posea se sienta capaz de dar órdenes incoherentes, perseguir a sus adversarios hasta derrotarlos o algo peor, no aceptar consejos de gente razonable o críticas a sus órdenes. El poder empaña su buen juicio y causa a muchos, graves perjuicios. La cauda de dictadores de todos los signos políticos y su efecto destructivo es impresionante. Desde Nerón y Calígula, Napoleón o Stalin, Hitler, Mao, Castro o Pinochet son algunos ejemplos de personajes siniestros que desgraciadamente perduran en muchos países y regiones. No doy ejemplos actuales, pero sólo lean las noticias y juzguen.
Aunque suene a moralista, les puedo asegurar que las personas que he admirado y siento que han contribuido a crear familias afectivas y en armonía, son queridos por sus compañeros de trabajo o subordinados en caso de ser empresarios, modestos, sin arrogancia o despotismo apreciados por la comunidad y no vistos como poderosos, sino como líderes. Muchos de ellos(as) están preparando a sus allegados a que sean personas de bien, justas y con valores. Serán recordados por mucho tiempo, a diferencia de aquellos que utilizaron su poder para su beneficio personal o para suplir su notorio complejo de inferioridad.
En resumen, les puedo asegurar que el tener el poder y usarlo para beneficio de su comunidad dejando un legado es lo que hace a un hombre o mujer ser íntegros y admirados por todos. Ojalá fueran la mayoría.

 

 

 

 

 

 

 

Desde el escritorio de la Editora

 Rosalynda Cohen

Estamos dejando atrás los muy exitosos Juegos Macabeos número XXI.

                 

EDITORIAL DEL 15 DE AGOSTO

 

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